Eterno verano.

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jueves, 17 de octubre de 2024

"El que siempre escribía con nostalgia".

Es medianoche cuando empiezo a escribir esto, y han pasado casi siete años desde la última entrada. No voy a negar que hubo ocasiones en que hice el intento de volver a escribir, pero ninguna prosperó; al parecer se perdió la magia, venció el estrés, o sencillamente pensé que por estos lares ya no ha de quedar nadie, y que daría lo mismo escribirlo en alguno de mis cuadernos que parecen una mezcla de diarios, agendas y recipientes de recuerdos.

"El que siempre escribía con nostalgia", es como se refería a mi un bloguero de aquellos tiempos en que nos reuníamos entre jóvenes que escribían sus aventuras y desventuras en este tipo de plataforma. Hoy se me ocurrió revisar algunos de esos espacios, y los encontré todos abandonados sin excepción alguna. Los últimos destellos de vida (o de escritura) datan de 2018 o, como muy reciente, de 2020; y de eso, aunque suene cercano, han pasado ya casi cinco años. Eso es media década, un lustro, el tiempo que tarda un niño en prepararse para iniciar su escolarización/socialización y, con ello, la verdadera aventura de la vida.

Han cambiado muchas cosas y son (también) muchas las personas que se han cruzado (o han entrado en rumbo de colisión) con mi existencia, en todo este tiempo. Pasé de vivir en un piso alquilado en el Centro Histórico (con todo lo bueno, lo malo, lo feo, lo anecdótico, y lo picante que eso implica) a terminar residiendo en una pequeña y casi desconocida ciudad de la amazonía, intentando mantenerme a flote tanto económica como emocionalmente; solo y sin ayuda humana (porque divina siempre hay). Ahora tengo tres programas de radio, que ejercen de medicina complementaria a los medicamentos que lamentablemente sí he de tomar en forma física. He aprendido o confirmado por enésima vez, en el lugar en el que ahora resido y trabajo, que la capacidad del ser humano para estresarse y hacerse problemas por huevadas es tan infinita como la chabacanería y el borreguismo; pero lo cierto es que aquí yo soy un forastero, un ave de paso, y tampoco debería afectarme.

En este tiempo perdí la relación de pareja "estable" que me acompañó por varios años (aunque en el fondo fue lo mejor, porque una mentira extendida artificial y antinaturalmente solo puede generar dolor), perdí amistades que parecían verdaderas, perdí la salud cuando me dió el covid, perdí el miedo de enfrentarme al público y hacer radio (mi sueño desde niño) al aventurarme a ello en la pequeña ciudad donde realizaba mi serums; perdí dinero y también perdí la vergüenza para muchas cosas, e incluso en algún momento pensé que perdería la fe... pero nada se compara con el hecho de haber perdido a mi madre, quien falleció mientras yo me encontraba trabajando en donde ahora me encuentro. Ahí se cumplió lo que el tío Nelson siempre me dice: que uno no es verdaderamente adulto hasta que alguno de tus padres fallece, porque ahí te enfrentas a la verdadera soledad y a lo irremediable. Ahí sabes que, verdaderamente, ya no tendrás nunca más a alguien incondicional en el mundo. Desde entonces, y con total serenidad y sinceridad, le pido a Dios que me ayude a hacer bien mi parte en cada cosa que me toque en la vida, pero que si es de su voluntad que acorte mis días en este valle de lágrimas para poder reencontrarme con mi madre y mis demás parientes fallecidos; a fin de iniciar de una vez el verdadero camino de la vida en la ruta hacia el Padre de los Cielos (en quien, eso sí, ahora creo y confío más que nunca antes).

Últimamente hago mucho énfasis como parte de mis programas, en lo que respecta a prestar atención a los "pequeños detalles de cada momento" y a maravillarnos con lo sencillo y cotidiano. Siento que es mi última tabla de salvación, en medio de un mundo (y un tiempo) en ruinas. No sé si he perdido la esperanza o solo me he vuelto más realista, pero lo cierto es que sigo escribiendo con una extraña nostalgia, no solo por aquellos momentos que ya pasaron y que siento que no valoré o disfruté como debí, sino incluso por el futuro; que aún sin haberse plasmado en la realidad tangible, siento como algo que también dejará sus propios adioses, preguntas sin respuesta, y reflexiones con aire de "¿qué hubiera pasado si...".

Por cierto, ahora ya casi nadie me dice "joven"; casi todos me llaman "señor". Es parte del inexorable paso del tiempo, que con su imperceptible roce de instantes va ocasionando que se erosionen nuestros rostros, nuestras fuerzas y, si se lo permitimos, también nuestros espíritus.

Emergiendo de la cueva.

viernes, 5 de enero de 2018

Lo que aprendí de las Tierras Altas.

Algo que he observado con respecto a las tierras altas (sin importar si estás en Perú, en Nepal o en las highlands británicas) es que los pueblos que ahí habitan, y sin el más mínimo contacto con similares lugares en el resto del globo, han optado por vestirse con ropas coloridas. Es como si quisieran contrastar la monocromía de las cumbres nevadas o la frialdad de la delgada atmósfera con el color de sus vestiduras o la alegría de sus diseños. Me recuerda a aquellas personas que exteriormente son todo risas pero que, generalmente, son las que en el fondo están más tristes o desesperanzadas; maquillando lo exterior para evitar el derrumbe interior. Y es que en el fondo todos buscamos sobrevivir y elaboramos estrategias para mantenernos a flote.

Por algún motivo las distintas culturas humanas han ubicado siempre a Dios y su Reino o al Paraíso Prometido por sobre sus cabezas. Decía cierta persona a la que aprecio que le sorprendía cómo todos siempre mirábamos hacia el cielo cuando nos sentíamos más libres o cuando nos ocurría algún hecho venturoso, de esos que te salvan la vida o el día. Es como si todos conociéramos de fábrica la forma de emitir una muda pero significativa plegaria hacia Aquel que tiene nuestro mundo en sus manos.

Y es que, será por la atmósfera más rala, será por lo hermoso de los paisajes que desde ahí se avisoran, o será por algún condicionamiento cultural, pero lo cierto es que es en lo alto de las montañas donde me siento más libre y más cercano a Dios. Pero mucho antes que yo, y sin mediar influencia alguna, los monjes orientales y occidentales, cada uno por su cuenta y cada uno según su filosofía, llegaron a la conclusión de que sus plegarias serían mejor escuchadas si es que construían sus monasterios o ermitas en las zonas elevadas. Pero no solo eso, sino que tenían la plena convicción de que mientras las alturas los acercaban más al Dios exterior, paralelamente iban conociendo más a la chispa de la divinidad que habitaba en su interior. En otras palabras, las alturas te conectan con el Infinito y te ayudan a ser consciente de que Todo es Uno, y que tú eres sólo una parte, un pequeño pero importante e irreemplazable engranaje de esa Única Existencia.

Dios bendiga las Alturas.