Eterno verano.

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martes, 21 de julio de 2026

¿Qué hago en este lugar?

Escribir este post conlleva una mezcla entre lo retro e idealizado y la novedad desesperante del presente. Me encuentro en una cabina de internet (eso es lo retro), ubicada en una peligrosa ciudad del norte chico después de haber dado mi examen de conocimientos para una convocatoria, porque estoy desempleado (ahí está lo novedoso; recordándonos una vez más que "novedad" no tiene por qué ser sinónimo de algo bueno en todos los casos). Y es que en este momento nada es como antes; incluso en pleno julio tenemos un calor comparable al de los finales de enero, lo que para las mentes simples puede ser sinónimo de playa y fiesta; pero para los que nos ocupamos del arte de pensar y reflexionar es tan solo el brillo que anuncia el acercamiento de un peligro: el cada vez más próximo desenlace de un Fenómeno del Niño tan jodidamente fuerte que quizá recuerde al que barrió de la Historia a la civilización moche.

Y, justamente, por esas casualidades (?) de la vida, estuve hace muy poco en la ciudad de Trujillo, concretamente al sur de esa urbe, en el sitio arqueológico conformado por la Huaca de la Luna y la Huaca del Sol. Otros tiempos, otros dioses, otros rituales y otra concepción de la realidad nos miraban polícromamente desde los añejos muros superpuestos, construidos por aquella civilización ya desaparecida.

No muy lejos de donde escribo estas líneas se encuentra un Cristo Redentor. Tenemos en Perú la curiosa costumbre de andar emulando y maravillándonos por los signos culturales de otras partes del mundo, teniendo por origen y propio esfuerzo una cultura muy rica. Lo cierto es que años atrás se descubrió que bajo ese Cristo se encuentra un santuario muy antiguo, quizá tanto como la ahora mundialmente famosa Ciudad Sagrada de Caral. Se dice que cuando llegaron los españoles, en donde ahora está la imagen de Jesús había una plazuela donde se reunían los indígenas locales porque se les aparecía "el demonio" en forma de animales y les hablaba. Los españoles no contaron esto como una leyenda, sino como algo de lo que ellos daban fe; y algo similar dijeron del oráculo de Pachacamac, lo cuál nos deja ante la inquietante posibilidad de que en esos lugares por los que ahora paseamos con la pareja o llegan los jóvenes en sus típicas salidas culturales escolares o universitarias, hayan pasado hechos extraordinarios de contacto con otras realidades, pero que ahora se encuentran desde hace mucho enterrados por las arenas del olvido, y también por las arenas del desierto costero peruano.

Es tanto lo que nos falta por conocer de nuestro propio mundo. "Lo único constante es el cambio; y existen otros mundos pero están en este". Sí: he juntado a Heráclito de Éfeso y a Paul Éluard en una sola frase.

sábado, 1 de febrero de 2014

La paccha de Huari.

Desde la primera vez que fuí (ok, solo he ido dos veces) me llamó la atención. Una corriente de agua que fluye desde una esquina cercana a la plaza central de la pequeña ciudad de Huari, en la región Áncash. Y mi estimado pollo, residente hasta el día de ayer por cuestiones laborales en aquella ciudad, me dijo que era conocida como "la paccha" y que se cuenta que nadie sabe cuál es su origen ni de dónde viene el agua, la que nunca ha dejado de manar, ni siquiera cuando el resto de la ciudad se queda sin el líquido elemento o hay sequías.

Historias de fuentes que nunca se secan y cuyo origen no se conoce, las hay en todo el mundo. Desde las tumbas siempre inundadas como la del Santuario da Xestosa en Galicia (España) hasta la más cercana Tambomachay, en el Cusco, lo cierto es que todas ellas parecen haber estado relacionadas con cultos precristianos al agua. Y eso me hizo pensar en el nombre de paccha: la única vez anterior que lo escuché fue como referencia a un tipo de vasija ceremonial prehispánica que estaría, precisamente, destinada a dicho fin y que también ha sido encontrada en Áncash.

Otra de las cosas que le contaron a mi amigo el pollo es que quien bebe de dicha agua no se va de Huari. Él, altamente supersticioso, me dijo que no la bebiera, pero igual lo hice y aquí me tienen, de vuelta en Lima xD (no era verdad, era mito, al estilo de los MythBusters). Lo que sí puedo decir es que al poco rato de beber el agua me fue disminuyendo el malestar estomacal que tenía desde días anteriores y que ni las pastillas hacían remitir. Puede que las aguas sean curativas, puede ser sugestión o puede ser que el agua pura fue un alivio para un cuerpo mal acostumbrado a tomar gaseosas, jugos, tés verdes y cualquier otra cosa menos agua sin agregados.

Le tomamos varias fotos y también algo de cariño a esa fuente, cuyo mayor atractivo consiste en la cabeza antropomorfa esculpida en roca de la que brota el agua, que en algo me recordó a las cabezas clavas de estilo Recuay o a las de Tiwanaku. Pero dejo constancia de que no sé si esa roca e incluso la fuente son de origen prehispánico.

Sea como sea, la paccha ha dado nombre a algunos locales alrededor. Incluso hay un restaurante que tiene el creativo nombre de "La Paccha Náutica". Con el pollo bromeábamos diciendo que la única forma de hacer que la paccha sea náutica sería poniendo un barquito de papel en sus aguas. Wiii. Ok, no.

Bromas aparte, lo que no es gracioso es el estado de descuido en el que se encuentra el lugar. Un cartel prohibe que en ella se laven ropas, vísceras y vehículos y la gente se lo ha tomado al pie de la letra, porque lavan todo lo que no sea lo anteriormente mencionado: desde el perejil para el almuerzo hasta tachos y escobas. Y está bien que el agua fluya y se lleva todo, pero tampoco es para faltarle el respeto a un lugar emblemático de la capital ecológica de Áncash.

Bueno, aquí les dejo algunas fotos:

Una señora se acerca a la paccha de noche para aprovisionarse de agua.
Lavando el tachito.

Vista desde calle arriba.

Con los restos del perejil del almuerzo de alguien.

Vista desde calle abajo.
Y un video narrado por este humilde servidor ft. el pollo, los que juntos somos ¡el duo de la historia! You know?