Eterno verano.

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lunes, 19 de enero de 2015

(Des)honrando la memoria de Taulichusco (480 aniversario de Lima).

Hace 480 años un español fundó Lima, imagino que en un día de sol. Por eso dijo que la escogió en virtud de su buen clima y sus buenos aires. No hay otra explicación.

O bueno, la otra explicación sería que en el tiempo en que todo esto era un fértil valle con bosquecillos, manantiales, cultivos y riachuelos, debe haber sido, verdaderamente, un pequeño paraíso terrenal. Algo de eso llegaron a conocer mis parientes mayores, cuando me contaban sobre la hacienda tal o la casa del conocido tal, que en su inmensa huerta tenía pacaes y algunas vides, las últimas de lo que antaño fue el fértil valle de Surco. Hoy, todo eso es un recuerdo y solo alguna acequia llena de basura, alguna cruz de camino rodeada de edificios y uno que otro maíz, pacae u olivo, creciendo en un lugar donde aparentemente no debería estar, nos recuerdan lo que alguna vez fue este idílico lugar.

Hay, sin embargo, quienes desean ir más atrás y revalorar el pasado indígena que también tiene el valle, y que se resiste a morir en la forma de multitud de huacas, cada una más maltratada que la anterior. Pero lo hacen (a mi entender) de pésima manera, no cuidando y promocionando los restos arqueológicos, sino adoptando una serie de "rituales" supuestamente indígenas, pero que no pasan de ser una mala mezcla entre reconstruccionismo pagano mal hecho y espiritualidad new age europea.













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La ceremonia realizada ayer era, supuestamente, en homenaje a Taulichusco, último cacique del valle del Rímac antes de la llegada de los españoles. Lo interesante del caso es que quienes la llevaron a cabo hacían uso de toda una parafernalia innecesaria de supuesta representación del inca con sus ñustas y no sé qué más, olvidando que los incas no fueron los habitantes originales del valle sino sus invasores, motivo por el cual, la "bandera del Tawantinsuyu" también está fuera de lugar ahí. En la práctica, por dejar de honrar a un invasor más reciente (los españoles) honraron a un invasor un poco anterior (los incas). Invasores que también entraron a la mala para someter a los marangas, ichmas y demás pobladores originales de este valle.

En estos eventos también es infaltable la presencia del típico blanco new age que llegó hasta los Andes esperando encontrar la iluminación de las culturas ancestrales para escapar del consumismo y superficialidad de Occidente y que fue donde un curaca que le cambió el nombre europeo y le puso uno en quechua que significa "mensajero de la coca". Después de eso dejó su empresa y dedicó su vida a recorrer el mundo en su cocamóvil (esto no es inventado, es lo que dijo el caballero ayer presente) anunciando a la gente el mensaje de la hoja bendita y (cuando no) predicando la ecología, lo sostenible y el amor a la pachamama.

Creo que estos son los personajes que me parecen más insufribles en este tipo de representaciones. No los falsos indígenas (generalmente mestizos que en su vida cotidiana ni se acuerdan de su parte indígena pero que para la ocasión se disfrazan) sino los blancos locales y gringos que quieren dárselas de neoindígenas eincluso liderar estos movimientos, deslumbrados por "lo exótico". Hablan todo en primera persona: "nuestros antepasados", "nuestros ancestros", cuando ellos no tienen ni una gota de sangre andina y deberían estar preocupándose por investigar sobre los celtas, los galos, los íberos o sobre el cristianismo antiguo y medieval y no intentando parecer quechuas (o lo que ellos piensan que es ser indígenas) sin serlo.

martes, 21 de enero de 2014

Los confines de Lima Metropolitana: La quebrada de Media Luna.

Desde lo alto del cerro puede observarse cómo gran parte de la quebrada de Media Luna se encuentra lotizada y en venta.
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Cuando era niño mi familia no era de ir más allá de Barranco, Jesús María o San Borja. Algunas veces íbamos a una propiedad que teníamos en Zárate y eso ya se nos hacía muy lejano. Me enseñaron a ver al Cercado de Lima como un lugar peligroso, y quizá lo era en ese tiempo (mitad de los 90s) y quizá lo siga siendo ahora, solo que ya me acostumbré. Lo cierto es que más allá de esos lugares, Lima era para mí, una incógnita.

A los 13 años empecé a tener pequeñas escapadas en las que me iba a conocer la ciudad. Dejándome llevar por los micros conocí un poco de Comas y San Juan de Lurigancho. En esos tiempos no me importaba nada, como es típico de la temeridad adolescente; ahora dudaría de volver a algunos de esos sitios, y si lo hiciera, no  iría solo o no llevaría celular. Cuando tenía 16 años fuí a mi fiesta más lejana de ese entonces: el cumpleaños de una amiga en el límite entre San Juan de Miraflores y Villa El Salvador. Se me hizo todo un acontecimiento y fue algo tan nuevo, que yo y mis amigos (que tampoco solían ir por esos lugares) nos tomamos una foto muy alegres en el Puente Alipio, que nos parecía algo así como el límite de la realidad. Ahora que voy a cada rato a San Bartolo y Chilca me doy cuenta de lo ridículo que fue eso.

Más recientemente conocí Ancón y también el AAHH Villas de Ancón, que según un diario local es el límite norte de Lima Metropolitana. Por trabajos de campo de mi anterior carrera estuve en las zonas rurales del valle medio de Lurín y también en la zona rural de Carabayllo (límite con la provincia de Canta) y en Ricardo Palma (distrito huarochirano que tiene continuidad urbana con el limeño Lurigancho-Chosica) y así podía presumir de haber estado en todos los confines de Lima.

Pero había olvidado uno muy importante: el límite noreste, saliendo de San Juan de Lurigancho.

Es así como al recibir la invitación de mi amigo Víctor (que antes tenía un blog de temática hotelera) no lo dudé: iríamos al Cerro Colorado, el cerro más alto de Lima Metropolitana, en el límite con el anexo 22 de Jicamarca, en Huarochirí. Y aquí debo hacer una salvedad: hay un conflicto de límites pendiente y mientras los pobladores del anexo 22 dicen pertenecer a Huarochirí; en San Juan de Lurigancho dicen que ese territorio les pertenece. Desde hace un tiempo parece que la balanza se inclina a favor de los huarochiranos y de ser así tendríamos que la Gran Lima ya no solo abarca partes de las provincias de Lima y Callao, sino que alcanza zonas de Huarochirí con las que hay continuidad urbana.

Fuimos con un grupo de personas conocidas por Víctor y la misión era escalar el cerro de 2.200 metros ubicado al fondo de la quebrada de Media Luna. El paisaje desértico se mostraba desolado y en su parte más alejada totalmente lotizado por la urbanizadora "Sol Naciente". Incluso se ha picado el cerro para hacer más lotes, lo que teniendo en cuenta lo deleznables que son las rocas en esa zona, podría traer problemas. Y fue justamente esa característica del terreno sumada a que mi calzado era de suela plana (el día anterior dormí en casa de mi padre y ahí no tengo calzado adecuado para esos terrenos) lo que hizo que descendiera antes de la mitad del trayecto y decidiera regresar. De más está decir que bajar fue más difícil que subir y me demoré buen rato en hacerlo y casi a gatas, porque las rocas cedían al menor contacto. Como mencionan los reportajes de los medios, el terreno es muy difícil. De haberlo sabido ni siquiera hubiera ido.

¿Los medios?

Sí, porque hoy me llamó mi enamorada a primera hora para preguntarme si la expedición al Cerro Colorado donde este domingo se perdieron algunas personas por más de un día, era la misma en que yo estuve. Y sí, esa era, pero lo inadecuado de mi calzado, mis kilos de más y un mal presentimiento hicieron que descendiera mucho antes de la mitad del trayecto. Y de la que me salvé. Hubiera sido mucho más difícil descender desde la cima, de noche, sin linterna y con la niebla que ya empezaba a ser visible desde la mañana. Dios sabe por qué hace las cosas.

Y bueno, los dejo con algunas fotos.

Arco de entrada a "Sol Naciente".

Camino hacia el fondo de la quebrada.

Desde el final del camino.

Aquí se puede ver cómo se sigue aplanando el terreno para hacer más lotes.

Lotización vista desde la ladera del cerro.

Niebla.
La gente subiendo. Nótese lo fregado del terreno.

Cerros aledaños.

Rocas de derrumbe.

Una curiosa "ventana".

La tierra rojiza que le da nombre al cerro.
Restos de conchas desperdigadas por todo el terreno. Muestra de que hace millones de años, esto fue parte del suelo marino.

miércoles, 19 de junio de 2013

El campo en la ciudad.

Uno de los muchos recuerdos de mi etapa escolar es el de las, conforme pasaban los años, cada vez más comunes horas libres, ocasionadas porque no le pagaban a los profesores. Era un colegio particular (digo "era" porque dejó de existir al poco de mi egreso, a mediados de la década 0) con serios problemas económicos causados por el despilfarro que del dinero hacían los hijos del dueño, aprovechando que éste se encontraba mal de salud. Pero no voy a hablar de esos hechos, sino de cuando descubrí un mapa de la primera década del siglo XX, mientras exploraba la parte antigua del colegio con unos compañeros. Estaba colgado en la pared, bastante descolorido y sucio, pero se veía perfectamente. Mostraba cómo era el valle del Rímac antes de la expansión urbana que comenzó en la década del 40. Y así pude conocer, al menos por letras, que Canto Grande alguna vez fue las Pampas de Canto Grande, que el río Surco alguna vez fue un cauce mediano lo suficientemente importante como para ser señalado y que el valle estaba salpicado de pequeños pueblos como Higuereta (en donde ahora se alzan edificios, supermercados y un óvalo) o Cuadrado (en algún lugar entre Barranco y Chorrillos) además de campos de cultivo, puquios, acequias, vías férreas de tranvías, haciendas, cerros despoblados y un río Rímac bastante más ancho que el actual, muy probablemente conteniendo camarones. Al norte, los pantanos de Ventanilla se diseminaban por una gran extensión y llegaban hasta el mar, mientras que al sur, las lagunas de Villa ocupaban gran parte de lo que hoy es Chorrillos.

Todo esto desapareció en un lapso de dos a tres décadas. Aún persiste la asociación de cemento con progreso, traduciéndose en la desaparición de las áreas agrícolas (además, personalmente, creo que el hecho de que la migración proviniera principalmente de áreas agrícolas pobres, hizo que esas personas destruyeran rápidamente las tierras de cultivo limeñas y las reemplazaran por viviendas, como una manera de afirmarse como seres urbanos, en negación de un pasado rural tenido como inferior). Los pocos árboles que se conservaron en medio de la ciudad fueron principalmente palmeras, especie importada y que no contribuye ni a la oxigenación ni a la sombra, mientras que el verde de la hierba nativa fue reemplazado por pasto ornamental. Las acequias fueron encajonadas primero y clausuradas después, con alguna excepción como la del río Surco (en realidad un canal prehispánico) y una prueba de lo acelerada y poco planificada que fue la urbanización es que hasta hoy, de cuando en cuando, ese "río" y alguna que otra acequia se desbordan o hay casos de hundimiento de terreno en áreas que fueron rellenadas sobre antiguas lagunas, como en Villa. Pero el ejemplo más palpable del poco tiempo que nos separa de la etapa agrícola de nuestro valle es que basta que se rompa un trozo de cemento en la ciudad para que en esas rendijas crezca vegetación de todo tipo. La tierra es muy fértil y si algún día, al estilo de la serie "La tierra sin humanos", la ciudad quedara deshabitada, sería rápidamente ganada por el color verde nuevamente.

Hasta hace menos de dos años aún quedaba una última comunidad agrícola en el valle: El Ayllu, ubicada en una ex hacienda a espaldas del Aeropuerto Jorge Chávez, pero fue finalmente desalojada para ampliar las pistas de aterrizaje, algo que en mi humilde opinión, se hizo no por necesidad sino para cumplir con esa estúpida monería de querer figurar en algún récord: "la mayor pista de aterrizaje", "la mayor cantidad de aviones", etc, ya que aquí más les importa ganar una medalla gringa que conservar el modo de vida de un grupo de personas auténticamente peruanas.

Pero más allá de ese lugar, aún subsisten algunas pequeñas manchas verdes en medio de la metrópoli. He podido conocer algunas, como la pequeña mancha verde (en realidad una hilera de maíces y otras plantas a la orilla de una acequia) en Prolongación La Castellana, en Santiago de Surco, de la cual hablé en mi anterior blog, además de algunos árboles de pacae, higo, maíz y cactus que salpican la zona antigua de ese distrito, junto a una que otra cruz de camino. Más allá de eso, aún quedan las lagunas de Villa como zona reservada y los pantanos de Ventanilla, cada vez más reducidos, ya que solo una pequeña parte está cercada y protegida, mientras que el resto es invadido, lotizado y secado.

Conforme las rutas de mi mágica aventura del hueveo se van ampliando, tropiezo con algunas manchas en Lima Norte. Resulta que la expansión urbana aún no ha culminado en distritos como Puente Piedra, Comas, e incluso Los Olivos y así es como se puede encontrar una pequeña área agrícola aún en funcionamiento en la Segunda de Pro, al lado de carteles de inmobiliarias con nombres cachacientos del tipo "Lima Verde" y árboles evidentemente de campo alrededor de la Panamericana Norte en Puente Piedra, además de acequias muy descuidadas, plantas de maíz y pequeñas parcelas agrícolas cada vez más rodeadas de edificios, invasiones, etc. Una amiga me dijo que existe aún un puquio cerca al río Chillón, pero no me consta.

Tu blog que te quiere y te engríe quiere en esta ocasión dejar constancia de algunas de estas últimas manchas verdes que en el corto o mediano plazo desaparecerán, para que no las veas solo como aguas estancadas, focos de dengue o maizales de gente anticuada que se niega a "progresar" y urbanizarse. Son los últimos lugares verdaderamente verdes de la ciudad y se pierden porque nuestro modelo de progreso sigue asociado a la aglomeración y el concreto de Manhattan o Singapur (y aún estas ciudades tienen algunas grandes áreas verdes, como el caso del Central Park de más de 3 kilómetros cuadrados, en la primera). Si las aguas se estancan, no circulan y generan focos de dengue, es simplemente porque alguien construyó más arriba o echó basura y cortó su fluir. La culpa no es de la naturaleza: una vez más es de nosotros.


Área de cultivo en la Segunda de Pro, junto a la Panamericana Norte.

Un agricultor camina entre sus últimos sembríos. Al fondo,  una urbanización.


Hasta hace unos años formaban parte de los campos de cultivo anteriores. Fueron secados y ahora son un basural.

Se puede apreciar basura en los límites del campo de cultivo arrojada por los transeúntes que caminan por el borde de la carretera Panamericana, que está en el lugar desde el que tomé la fotografía.



El avión que da la bienvenida en la avenida Trapiche, sobre ex zona agrícola.

Paneles de inmobiliarias y tras ellos, una pequeña área de cultivo.

Acequia con agua estancada y llena de basura, rodeada de vegetación, en Puente Piedra.

Maizales a un lado de la Panamericana Norte.

Árboles a un lado de la Panamericana Norte.

Acequia y vegetación, rodeada de restos de materiales de construcción.

Camino rodeado de árboles a un lado de la Panamericana Norte en Puente Piedra.

Coliseo (?) abandonado con sembríos y maizales atrás.