Eterno verano.

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jueves, 10 de octubre de 2013

Comienzos imprevisibles.

Andaba leyendo una revista. Como ya conté, a mí me gusta comprar libros y revistas "viejos". Y bueno, esa revista es un ejemplar de "Historia y Vida" de 1978, una de esas revistas que tratan de curiosidades históricas y temas caletas relacionados con el pasado de los seres humanos y las sociedades.

Me agradó particularmente el artículo "California hubiera podido ser rusa". En él se describe cómo una colonia rusa (Fuerte Ross) llegó a instalarse muy cerca de San Francisco, en la primera mitad del siglo XIX. En ese tiempo California era colonia española y si se permitió a los rusos instalarse fue porque su jefe (el conde Nicolás Rezanov) se enamoró de la hija de una familia acaudalada (los Arguello), quienes intercedieron ante la autoridad española. Los rusos habían empezado a llevar a la colonia incluso soldados y tarde o temprano hubieran terminado arrebatándole esas tierras al debilitado Imperio Español, sino fuera porque Rezanov murió en un accidente al intentar cruzar Siberia para llegar a la capital rusa a pedir al zar que le autorice casarse con Concepción Arguello (en ese entonces los matrimonios inter-religiosos requerían permiso de las autoridades y Nicolás era ortodoxo, mientras que Concepción era católica). Una vez que la noticia de la muerte de Rezanov llegó a California, Concepción corrió a encerrarse en un convento y los españoles empezaron a ocuparse de mandar a los rusos de vuelta a Alaska.

En la revista reflexionaban sobre esos eventos fortuitos que pueden cambiar el rumbo de la Historia. Si Rezanov no se hubiera visto en medio de una tormenta y caído en el agua helada, quizá Rusia hubiera invadido el actual oeste estadounidense y USA nunca hubiera podido llegar a ser la nación con costas en los dos océanos que es ahora, además de la permanente inseguridad de tener a una potencia tan expansionista como ellos, literalmente, al costado. Y así la historia está llena de pequeñas "casualidades" y eventos imprevisibles que destruyen en segundos las predicciones del estudioso más informado.

Pero estos eventos inesperados también se dan en lo pequeño, en la vida cotidiana y en realidad, es de eso de lo que quiero hablar.

Dicen que las cosas bonitas te sorprenden de la forma en que menos te imaginas y cuando menos las planificas, y creo que así es como se ha ido dando la formación de la que, desde hace unos días, es la relación sentimental que tengo.

Fue hace unos meses, en una de tantas clases de uno de los cursos que más me gustaban. A cada grupo le tocaba un tema de monografía y mientras todos se limitaron a exponerlo, hubo un grupo que optó por hacer algo distinto: una pequeña representación teatral. En ella, una chica tomo el control del "escenario" con su actuación, representando a una esposa maltratada y me impresionó tanto que esa noche la incluí en mi Feis. Pero por ese entonces a ella le interesaba otra persona y yo aún seguía con lo último del embobamiento por la chica de la morenada (quienes hayan seguido los últimos meses de mi antiguo blog deben recordar algo de ella). Por cierto, es curioso que a esta última también le presté atención por primera vez en una presentación artística. Siento que me agradan las personas que practican algún arte o quizá sea como me dijo mi amiga Josselyn que "me fijo en quienes complementan mis carencias porque me causan admiración". En este caso, me gustaría tener aptitudes para el teatro o el baile, pero en esos dos campos no doy un carajo. Pero bueno, sigamos.

Pasaron los meses e íbamos hablando, pero tampoco era ella la persona con la que más hablaba. La gente me relacionaba más con una compañera con la que siempre salíamos al cine, a conciertos o simplemente, a comer algo. Pero con quien actualmente es mi enamorada poco a poco iba surgiendo algo, escondido, sin grandes manifestaciones, pero que quedó muy de manifiesto aquella vez en que pasamos toda una tarde juntos hablando de lo más íntimo de nuestras vidas, poniendo canciones en la rockola del Excelsior, tomando café en Starbucks, etc. Después me enteré de que para verme ese día, mintió en su casa diciendo que tenía un trabajo grupal, a fin de poder salir. Lo cierto es que las salidas se volvieron diarias e incluso llegamos a tener un lugar dentro de la universidad donde siempre nos reuníamos a solas, permaneciendo abrazados y conversando durante horas. Finalmente decidimos iniciar una relación, tras casi toda una tarde de conversar al respecto. Ambos venimos de relaciones pésimas que aún pesan mucho por los temores que crearon y preferimos llevar las cosas con calma, si bien hemos acordado que si en algún momento uno de los dos decide que la relación no le satisface, se conversará y si no se llega a un acuerdo, se acabará en buenos términos.

Sin embargo, y a pesar de los pocos días, he recibido muchas alegrías. Quizá la mayor de todas fue la tarde en que me llamó para decirme que quería informarme de algo importante y que la buscara en el patio de la facultad. Cuando llegué estaba ella con varias de sus amigas, y apenas me acerqué me tomo de la mano, me abrazó fuertemente y les dijo que ya estábamos. Resulta que les había contado a todas sobre que quería estar conmigo y las había llamado para hacerlas partícipes de la noticia. Fue casi una presentación en sociedad. Me sentí halagado y arrochado a partes iguales, pero fue algo tan genial (en esta parte inserto un suspiro).

En unas horas iremos a comer pizza, también con sus amigas. Me llevo bastante bien con su círculo y tenemos amigos en común. y si bien aún tenemos que "adaptarnos" (en otras palabras, terminar de soltar el pesado lastre de nuestro pasado sentimental, sobre todo en su caso), las cosas van bien, hay buena voluntad y me siento tranquilo.

Algunas de sus amigas pensaron que ella iba a estar con otro chico. Uno se hace "prototipos" de cómo debería ser la persona con la que se quisiera estar, pero la realidad nos sorprende y terminas estando con alguien totalmente diferente. Eso nos pasó a ambos. Por mi parte, cuando conté que tenía enamorada, algunos de mis amigos pensaron que iba a estar con la persona a la que hace unos posts atrás hice referencia como mi alma gemela y otros pensaron que estaba con cierta compañera que cumplía uno de los principales requisitos que suelo poner a la persona con la que quiero estar: es cristiana. Pero no. La realidad me volvió a sorprender gratamente y hoy estoy con mi actual enamorada, que si bien cree en Dios, no integra ninguna religión ni corriente espiritual.

Y bueno, así es como la vida sigue trayendo cosas nuevas, bonitas e inesperadas. Como conversábamos en la tarde, es sorprendente que todo haya empezado por una representación teatral que a ella se le ocurrió hacer (y que en algún momento quizá pensó no hacer y en una clase a la que por un momento pensé no ir). Me siento feliz y sé que, sea lo que sea que me traiga lo imprevisible del día a día, serán nuevas experiencias que me harán aprender y, en el fondo, siempre serán para bien. De momento, como ya dije, estoy feliz.

domingo, 11 de agosto de 2013

Varicela a los 17.

Fue una mañana de un año de mediados de la década 0. El "Club Axé Bahía" era el programa más escuchado en la radio que dice que está de moda, aunque también los Black Eyed Peas sonaban como los artistas del momento. Tenía 17 años y mi primera relación sentimental conmocionaba, sí, conmocionaba (ok, nunca tanto) las pocas cuadras que separaban mi casa de la de mi enamorada. En ese tiempo estudiaba Derecho y pues, esa mañana (recuerdo que era sábado) fuí a la universidad a mis clases de Actividad II - Oratoria, cuando al regresar noté una extraña calentura en mi rostro. Al mirarme al espejo noté la existencia de dos granitos rojos en mi pómulo izquierdo. No les dí importancia, pero la calentura aumentaba y a las pocas horas los granos empezaban a poblar mis brazos, parte del pecho y algunos (más loquillos) en las piernas. Felizmente mi ingle no fue tocada, ya que desde esos años deseaba ser padre.

Mi vieja, algo paranoica, se preocupó totalmente y me llevó al médico que siempre atiende a la familia. Este se rió al verme (es un cachaciento de primera) y dijo que no era nada grave, pero sí poco habitual, ya que la varicela suele dar en la niñez, no a los 17 años. Recetó una crema, unas pastillas y dijo que no me reviente los granos o mi piel quedaría marcada, que en unas semanas se me iría el bicho, cuando mi poderoso sistema inmunológico venza en la batalla, y una vez logrado eso, sería inmune de por vida. Mi mamá se puso a leer al respecto en internet y de algún lugar sacó que no debía salir a la calle porque podía darme neumonía y que, además, se podían burlar por la rareza de que a alguien le dé esa enfermedad en la adolescencia tardía. Pero yo tenía a mi enamorada ¡a la mierda el mundo, pero no ella! Pero tampoco la quería contagiar, y eso de hecho podía pasar, porque nuestros encuentros eran siempre bastante cercanos.

La llamé de mi primitivo celular Samsung de pantalla verde azulado y me dijo que igual vaya a verla o que ella me buscaría. Le dije que no la quería contagiar e insistió. Y al final se hartó y con su clásico carácter fuerte me dijo:

- Carajo, vienes a mi casa hoy a las 4. Tu mamá sale en las tardes, dile que no eche candado a tu puerta y sales. Le dices que si no quieres candado es porque uno nunca sabe cuando habrá temblor. ¡Pero vienes!

Esperé la hora indicada y presuroso salí. Total, era un cosito y hacía lo que ella me diga (ok, no). Felizmente era invierno, así que usar capucha y chalina no se veía fuera de lugar; además, no me salieron muchos granos en la cara, sino más que nada en los brazos. Saludé a la gente que, para variar, se encontraba de vagancia en las afueras de la tienda que oficiaba como punto de reunión, y me fuí rapidín y saludé a mi querida y amada que se hallaba en su puerta. Quise hacerlo de lejos pero ella me jaló y me estampó un gran beso. La miré horrorizado mientras ella se reía, diciéndome:

- ¿Ves que no me prestas atención cuando te cuento mis cosas? Hace tiempo te conté que tuve varicela en la primaria y que la gente de mi cole me jodía, etc.

Era cierto. Era inmune. No había peligro.

Entramos a su casa y empezaron las cosas que son habituales entre quienes se quieren.

Creo que le causó morbo mi situación aparentemente vulnerable. Pero esa vez, lo que siempre hacíamos, lo hicimos aún mejor.

La situación se prolongó por varios días, hasta que la enfermedad fue vencida. No iba a mi universidad, así que tiempo había de sobra. A mis compañeros y profesores les dije que había tenido bronquitis. Dudaron. Eso no se cura del todo tan rápido. Además, uno de los granitos iniciales del rostro aún era visible.

Extrañamente, creo que esos pocos días de verse a escondidas y jugando con el supuesto riesgo, nos unieron más.

Años después se lo conté a mi vieja, y ella, que siempre tuvo anticuerpos hacia la susodicha, me dijo: "Esa chiquilla te expuso ¿ya ves? por eso te decía que no debías estar con ella. No le importó tu situación".

Después tendría enamoradas verdaderamente malas y mi vieja empezaría más bien a decirme si no sería buena idea que hubiese seguido en mi relación inicial o que la retomase.

Pero ni esa historia ni la varicela volvieron más. Soy inmune a las dos desde hace tiempo.

La idea de este post surgió como consecuencia de que una amiga veinteañera me contó que ha contraído la enfermedad. Si que te dé a los 17 es algo raro, que te dé pasados los 20 te vuelve una rara avis total. Así que mañana la veré y jugaré a que no me queema (¡el alcatraz! ok, no).

Y ¡oh curiosidad! Cuando me dió esa enfermedad también fue un agosto. Mucho más bonito que este, sin duda.