Eterno verano.

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martes, 30 de diciembre de 2014

Las 5 canciones que más sonaron en este 2014.

Este año marcó mi máximo alejamiento de la música "que está de moda". Me refugié en las canciones de años pasados y en los programas de misterio, pero aún así, hubo algunos temas que estuvieron tan de moda que lograron colarse en mi día a día, ya sea en la universidad, la combi, el bar, los tonos, etc. Con ustedes, mi Top 5 de las canciones que, para mí, más sonaron este 2014 en todas las geografías del Perú (o al menos en el Cercado de Lima y Ancón).

5. La Verdad del Norte - "Directo al corazón".

El drama se ha apoderado de la cumbia peruana, sobre todo en sus videos.


4. El Encanto de Corazón - "Mix mi chilala".

Sé que también la bailaste ebrio sin saber qué carajos era una chilala. Bueno, tu último aprendizaje linguístico del año será este: es un pájaro de pequeño tamaño oriundo de los bosques secos del sur de Ecuador y norte de Perú. Ahora sí, sigue chupando y cantando.


3. Corazón Serrano - "Vete".

Los videos de Corazón Serrano son tan innecesariamente dramáticos. Sé que hubo otras canciones de este grupo que también sonaron y mucho, como "Te extrañaré" (pero no quiero ponerme emo) y "Con la misma moneda" (que no me gusta), así que pongo esta que pues... ok, la tengo en mi celular xD


2. Enrique Iglesias - "Bailando".

Ok, esta canción es mi gusto culposo del año. Hasta ahora no entiendo cómo me llegó a gustar (ni lo quiero saber).


1. Rumbavana / Yuridia / La Única Tropical / Armonía 10 - "Ya te olvidé".

La canción con más versiones del 2014. Sonó en todas las radios (legales y piratas), tonos, karaokes, reus de flacas despechadas, bares, ya sea en balada, salsa, cumbia cantada por varones o cumbia cantada por mujeres (y estoy seguro que también en muchos géneros que ni sé que existen). Es, para mí, la canción que más ha sonado en este 2014. ¡Saludos a todos y si toman no manejen, como aconseja el Dr. TV!

lunes, 1 de diciembre de 2014

Los lobos marinos de Ancón.

La tarde de ayer estuve nuevamente por Ancón, ese lugar-refugio invernal que descubrí hace algunos años de la manera más inesperada. En aquella lejana ocasión, llegué para conocer restos arqueológicos y terminé encontrando un lugar para aislarme del mundo, ver el mar e imaginar futuros más amigables.

Pero ya va llegando el verano, las playas vuelven a estar pobladas, el malecón vuelve a bullir de vida y hay que buscar nuevos lugares solitarios (que los hay), así que tomé un bote y me fuí a recorrer la bahía.



Las solitarias construcciones se adentran en el mar, como mudos fantasmas que nos recuerdan que, muchas veces, eso de que "la playa es de todos de acuerdo a ley" queda solo en letra muerta.






Pero más allá de las sucias y herrumbrosas construcciones y yates, ahora solo habitados por aves, surgen algunas playas que no han sido (todavía) del todo ocupadas. Llegar a ellas no es demasiado fácil y se accede bajando desde el cerro o rodeándolo por un delgado camino, lo que no es muy recomendable. El agua está bastante sucia, aunque según un pescador "es por las algas" (ay sí). Aún así, sigue en mi memoria la imagen de aquella vez que observé cómo una señora arrojaba un pañal sucio al mar, a vista y paciencia de todos los veraneantes. Y lo que contenía el pañal no eran algas.



Algunos pescadores sobre las peñas.



Cueva y sobre ella, una casa.

La "Cruz de Lancheros" y a su lado un ascensor, única forma de descender hacia la casa ubicada en la playa, alejada de miradas indiscretas.

Cangrejos para los cuales no existe la propiedad privada.



El "león mirando al mar".


Faro y restos arqueológicos en el cerro.

Lobo marino descansando.



En la lejanía, las Islas Pescadores.

Las aves tienen su barco propio.
Pero fue al regresar al muelle donde me encontré con la verdadera sorpresa que alegró mi tarde: dos lobos marinos habían llegado hasta donde, habitualmente, solo los pelícanos esperan los pescados que les puedan arrojar los vendedores. La gente les tomaba fotos, sin cuestionarse el por qué dos enormes pinnípedos tuvieron que acercarse hasta allí: el hambre. Así que compré una bolsa de pescados y se los fuí lanzando. A pesar de que los machos tienen que comer más de 15 kilos diarios, sé que en algo debió aliviar su fatigada tarde.


Al lado del enorme macho, mucho más pequeña, grácil, y más cercana al prototipo de la adorable foca que nos han vendido los dibujos animados, se encontraba una hembra. Las actitudes de ambos eran muy distintas. Toda la comida lanzada la recibía el macho, quien a ratos le lanzaba partes del pescado a la hembra, que prefería balancearse en el agua con los ojos cerrados. Parecía simplemente disfrutar el momento. Creo que fue la enseñanza que tuvieron esos hermosos seres para quienes los observábamos esa tarde: Sean libres.



Recibiendo la comida.

Balanceándose en el agua.


Y llegaron los pelícanos para competir por el alimento.









Mirar a los ojos a unos de estos reyes del mar es una experiencia que nunca olvidaré. Permanecieron en el muelle por buen rato. Llegué a las 3pm y hacía rato que estaban ahí. Me fuí a las 4pm y aún seguían, aunque ya un poco resignados al hecho de que no les lanzarían mucha más comida. Últimamente son muchos los casos de lobos marinos aparentemente extraviados en playas de la Costa Verde, el sur chico o Ancón. Creo, personalmente, que esto se debe a la falta de alimento producto de la pesca excesiva (no la artesanal, sino la de los grandes barcos chinos que el gobierno deja pasar "porque aquí amamos al extranjero") y la contaminación. Como decía un pescador artesanal: "No es un buen año para nuestra pesca, menos para ellos, ellos sufren más". Yo agregaría que si, por lo visto, más lobos marinos van a tener que acercarse a la costa para encontrar alimento, al menos debemos esperarlos con aguas limpias y no con la cloaca empozada que son buena parte de las aguas costeras que rodean a esa y otras zonas urbanas.

Videos:


martes, 25 de noviembre de 2014

Derviche.

Sé que esto no es Konya y que si giro es porque me gusta girar, obedeciendo a mis propias reglas. Otras veces la vida me gira, pero de eso ya no quiero hablar.

En ocasiones solo quiero estar en mi habitación, sumergido en mi Iconium personal al que alguna vez denominé "el aposento alto". Me escondó detrás de la ventana oscurecida y miro la cruz del cerro San Cristóbal y la caprichosa forma del cerro a su izquierda, que desde aquí parece una pirámide escalonada, de esas de Egipto que quedan opacadas por la gloria de Keops, Kefrén y Micerino. Mi mente vuela hasta los desiertos y me imagino en medio de una oración, enfundado en un traje negro con un paño de cruces sobre mi cabeza. Camino por un estrecho pasadizo, cojo un libro encuadernado en piel de oveja y recito una letanía en letras que parecen griego pero con algunos signos distintos.

Pero regreso a mi ahora. Debo girar.

Desde niño disfrutaba haciéndolo. Me ponía en mitad de la sala y giraba sin sentido. Pasaba varios minutos girando y maravillándome de cómo de esa forma podía comprobar que el mundo parecía estático, y sin embargo, se mueve. Cuando a los 12 años abrí esa revista en la que unos hombres giraban sobre su eje en medio de melodías universales me sentí extrañamente comprendido. Algunos giraban en medio de los parques, de la nada, como signo de la verdadera libertad que te proporciona la unión con Dios. Esa que también comprendo y que te hace ser auténticamente libre: solo hacer lo que te nace sin importarte las burlas de los "profanos".

Es maravilloso cuando giras y poco a poco el viento, la luz y la naturaleza se van uniendo a tu girar y sientes que te vas equilibrando con el ritmo de los giros de la Tierra primero, y después de los planetas y del Sistema Solar todo, hasta hacerte uno con el universo. Allí en la casi olvidada Iconium, aquí en el humilde cuarto de una quinta empobrecida de Monserrate.

En algunos momentos, y por breve tiempo, encuentras con quien girar. Y como todo lo bello, se da de forma espontánea. Empieza como un movimiento errático, temeroso, pero liberador in crescendo. Cuando menos se dan cuenta. ambos giran alrededor del mismo eje, un eje invisible en medio de la oscuridad. Ya no importa el ruido mundanal, ya no importan las miradas, ni siquieran importan las luces que de cuando en cuando centellean. No importan las palabras porque la única comunicación es la del alma hablando en el silencio. Ambos giran y giran y sus chakras van equilibrándose mientras la kundalini empieza a subir por sus columnas vertebrales. Y terminan armonizados. Desde entonces, o al menos en ese entonces, nada volverá a ser igual.

Qué maravilloso es cuando encuentras a alguien con quién girar. No importa si son segundos, minutos, horas o años. Ya sabes lo que es un giro y siempre lo buscarás. La gran aventura ha comenzado.

domingo, 23 de noviembre de 2014

La taza de Navidad.

Cuando era niño (y aún hoy) esperaba con muchas ansias la Navidad. En ese entonces no tenía mucha conciencia de su real significado y me emocionaba, más que nada, ver a mi familia reunida y aparentemente feliz. Creo que fuí de la última generación de niños que creyó (al menos hasta antes de entrar al colegio) en la existencia de esa obesa fusión entre San Nicolás y la Coca Cola llamado Papa Noel. Hasta que una de tantas navidades pillé a mi papá dejando los regalos en la habitación mientras mi mamá intentaba distraerme. No representó ningún choque porque me pareció más emocionante ver a mi papá, persona de pocos detalles, dejándome regalos. Por eso, el día que tenga hijos, les diré claramente que los regalos navideños se los damos sus padres, sus tíos o sus abuelos y no personajes imaginarios auspiciados por transnacionales.

Con motivo de la Navidad, mis padres y tíos me regalaron muchas cosas interesantes y que aún hoy me gustaría tener: Juegos de Lego, robots de juguete, carritos, un helicóptero a control remoto, dos trenes a pilas que armaba en el suelo de la sala, libros, ropa, una cámara de fotos, etc. Pero curiosamente, el único regalo que continué utilizando hasta casi los 20 años de edad fue el más humilde de todos: una taza navideña.

Era roja con verde y tenía una figura de Papa Noel sobre su trineo. La utilizaba para el desayuno, los refrescos o el café de la cena. Siempre estaba presente, a un lado del lavatorio de la cocina, lista para otro uso.

Hasta que un día cayó al piso, rompiéndose. Si por mí fuera la hubiera pegado y guardado como recuerdo, pero mi mamá, bastante más práctica, la botó cuando yo no estaba, si bien debo ser sincero y decir que en ese momento no me afectó mucho.

Fue hoy, más de siete años después, cuando, tras realizar compras en un centro comercial encontré el anuncio de unas tazas navideñas al humilde precio de S/. 2.50. Vino el recuerdo y compré una. No se parece a la que tenía pero es un pequeño regalo simbólico que quiero hacerme a mí mismo. También había un tren de juguete con grandes rieles a precio módico que me provoca comprar.

Dicen que siempre es bueno engreírse a uno mismo. Solemos invitar a nuestros padres, amigos o novias a comer algo o ir al cine pero muchas veces somos nosotros nuestros grandes olvidados. ¿Nos ocupamos de regalarnos un minuto de tiempo frente al mar, un café en algún bonito rincón de la ciudad o ese objeto que tanto nos gustaría tener, cuando tenemos finalmente la oportunidad de adquirirlo?

Para mí, la taza de Navidad representó mucho más que un simple contenedor de bebidas. Representó un regalo acogido con el agradecimiento y la mente nada ambiciosa y sincera de un niño. Representó el amor y el cuidado de unos padres que no solo me aman, sino que en algún momento también se amaban entre sí y que se preocupaban por darme alegrías aún con los más pequeños detalles.

El hecho de regalarme una en estos momentos, cuando las cosas no me van muy bien y estaré unos días solo en casa, representa el compromiso de amor propio de tener siempre momentos de silencio personales para escuchar lo que mi voz interior tenga que decir. De sentirme afortunado por mis logros y por todo aquello que la vida me tenga que dar. Y de siempre, siempre escuchar a mi corazón y regalarle alegrías y bienestar por sobre toda la interferencia y ruido exterior que me pueda rodear e intentar aturdir.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Las tierras altas de Lima: Oyón.


Cuando hablamos de lagunas altoandinas de celestes aguas pensamos en Áncash. Cuando nos mencionan el huayno con arpa quizá pensemos en las alturas de la provincia de Huaral. Y cuando recordamos que ya es tiempo de relajarnos en algún baño termal quizá deseemos ir a Churín, pero no, resulta que todo eso junto y mucho más, también podemos encontrarlo en uno de los lugares injustamente poco conocidos que están cerca a nuestra capital y ese es Oyón.

Para llegar debemos tomar un bus en el jirón Zavala (paralela de Abancay) y en cinco horas (y tras haber pagado 20 o 25 soles) estaremos en nuestro destino. Por estas épocas hace un frío de la... gran conciencia y los 3.600 metros sobre el nivel del mar se hacen sentir en la forma del soroche, por lo que es recomendable llevar Gravol para el camino. Una vez en el lugar deberemos elegir nuestro hospedaje y disponemos de varias opciones, todas medianamente buenas con una sola excepción de la que hablaré al final de este post.

Oyón se caracteriza por algunas cosas interesantes. En primer lugar, la ciudad es conocida como "la cuna del arpa" o más específicamente, del huayno con arpa, ese género musical que en estas últimas décadas se ha generalizado en la mayor parte de los Andes. Los oyonenses son muy conscientes y están muy orgullosos de ese legado.




En segundo lugar, es una ciudad de mujeres tejedoras. A donde quiera que vayamos encontraremos a muchas de ellas tejiendo con gran habilidad ya sea en la mañana, la tarde o la noche, en el mercado, cerca a la iglesia o en las afueras de alguna casa. Es una forma de pasar el tiempo libre, según nos dijo una señora que tejía junto a un grupo cerca del despacho parroquial.



Las casas son sencillas y en muchos casos se encuentran fuertemente erosionadas por los elementos. Esto recuerda a algunos lugares de Áncash, principalmente del Callejón de Conchucos, por lo que más de una vez sentí que me sobrevenía un deja vú. Hasta aquí, todo "normal". Pero lo realmente "curioso" es que mientras ese es el estado de las casas del poblador común, la municipalidad provincial es un enorme edificio, provisto de auditorio, cámaras, reflectores, lunas azuladas y construida íntegramente en cemento y ladrillo, con colaboración de la minera Buenaventura.

Una de tantas viviendas.

Tunas y otras plantas crecen en los bordes de los tejados de algunas casas.

Callecita oyonense.

Ovejas en calle oyonense.

Municipalidad provincial.
A algunos kilómetros de la ciudad de Oyón se encuentran interesantes atractivos dignos de ser restaurados y promocionados. En lo arqueológico encontramos, por ejemplo, los restos de la fundición colonial de Pomamayo y también los restos prehispánicos de Marka Marka, que se encuentran en total abandono, casi totalmente cubiertos por la maleza y parcialmente destruidos por la construcción de la carretera. Aquí, al atardecer, mis compañeras tuvieron algunas extrañas percepciones sonoras y visuales, probablemente debidas a espíritus de la naturaleza, y una de ellas tomó fotografías donde aparecen orbs, a pesar de no ser un lugar particularmente húmedo ni polvoriento.

Marka Marka al atardecer.
Regresando hacia Oyón nos encontramos con el pequeño pueblo de Ucruschaca, cuyo principal atractivo es la fuente de su plaza principal cuyas aguas albergan alevines de trucha.


Cerca a Oyón también encontramos al pequeño Llanganuco de la serranía limeña: la laguna de Patón con sus celestes aguas que reflejan el cielo y las montañas antaño nevadas de la cordillera. Un lugar tranquilo, hermoso y que se presta para hacer campamentos y pasar momentos de relajación.



También en las cercanías de Oyón se encuentra el centro poblado de Viroc con sus aguas termales ferrosas. Me recordaron a las aguas termo-minero-medicinales que mencioné en el post sobre mi visita a Pomabamba, solo que en este caso las instalaciones son más modernas y tienen más pozas para bañarse, ya sea individual o grupalmente por S/. 2. Una experiencia reconfortante.


Pero no debo olvidar que mi visita a Oyón se llevó a cabo en el contexto de la celebración por el Día de Todos los Santos o de los Difuntos. Como en la mayoría de poblaciones de la serranía peruana, la gente se acerca al cementerio local a recordar a sus parientes o amigos fallecidos, bebiendo sobre sus tumbas, limpiándolas de maleza, poniéndoles velas o incienso, llorando, riendo, y haciendo que, por un día al año, la vida y la muerte se entrecrucen y estén un poco más cerca la una de la otra, casi tocándose las manos.

Uno de los "ángeles del Apocalipsis" que vigilan la entrada al Cementerio Los Ángeles.






Como todos sabemos, la globalización amenaza con llegar hasta los últimos lugares del mundo. Es así que en Oyón encontramos una todavía débil e inicial presencia de la anglosajona "festividad" del Halloween, en la forma de algunos niños disfrazados y recorriendo la ciudad con calabazas de plástico en la mano. Lo más curioso es que no gritaban "Jalowín" como los niños limeños sino "Dulce o truco" tal como los niños de los países anglohablantes (trick or treat).


Y finalmente, nada como acabar el día yendo a misa. Aunque el sacerdote es un malhumorado que no quiso darnos información para nuestro trabajo y prácticamente nos tiró la puerta del salón parroquial bajo la excusa del "estrés". Quizá sea por actitudes como esas que diversos grupos evangélicos, adventistas y Testigos de Jehová se encuentran cada vez más presentes en la pequeña ciudad. Pero aún así, evangélicos y adventistas también conservan la tradición y acuden a saludar a los difuntos al cementerio, aunque "sin tomar licor, solo con gaseosa" como nos dijo un señor evangélico.

La iglesia de Oyón.
El plus:

1. Lo recomendado: El poderoso caldo con su trozo de cordero que venden en el mercado de la ciudad es imperdible. Recomiendo ir al mercado y no, por ejemplo, a cierto restaurante que en su nombre dice seguir la tradición del lugar pero que vende principalmente lomo saltado o arroz chaufa.


2. Lo no recomendado: Si buscan un lugar donde hospedarse caminen más pero no caigan en la tentación de quedarse en el Hostal Selene, cercano a la plaza. Yo tuve la mala elección de quedarme ahí y las habitaciones son un asco, la dueña y su hijo son de lo más malcriados, en la noche no se puede dormir por los borrachos que hacen escándalo y los baños están sucios. Una mala experiencia. Recomendables son, por ejemplo, el Hotel Turístico de la Comunidad Campesina de Oyón o el Hotel El Minero.

Cuarto del Selene. Lo peor fue cuando el hijo de la dueña abrió la puerta con su llave maestra, sin permiso, para decir "si también estábamos tomando".
En fin, dadas estás indicaciones, no me queda nada más que decirles que ¡visiten Oyón! :)

Me encantó ese dibujo :)