La primavera resuena.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Hospitales.

De niño me llevaron pocas veces a hospitales. Mi familia es de esas que no le prestan mucha atención a la salud. Un poco de automedicación y ya; y de vez en cuando, asistir al médico amigo de la familia que rara vez daba un diagnóstico acertado. Imagino que por eso algunos parientes fallecieron pudiendo tener muchos más años de vida por delante.

Recuerdo que me llevaron al Hospital del Niño en algunas oportunidades debido a problemas estomacales o respiratorios, nada grave en realidad. Mientras tanto, a mi lado pasaban niños con todo tipo de discapacidades. Me impresionó sobremanera un bebé que tenía uno de sus ojos totalmente blanco. En ese momento estaba muy pequeño como para, más que asustarme, ponerme a pensar en lo afortunado que era de tener una salud medianamente aceptable.

Para cuando tenía 10 años de edad, varios chicos de mi entorno ya habían tenido operaciones o internamiento en algún hospital. Mi primo fue operado del apéndice; un compañero del colegio, de un problema en una de sus piernas causado por un accidente. Mientras tanto, yo seguía "invicto".

Ya estoy terminando la base 2 y nunca he tenido internamiento en un hospital. No he tenido operaciones y me he librado de unas buenas utilizando medicina natural y una que otra visita al médico, cuando ya el malestar era demasiado jodido. El máximo corte que me han hecho fue la extracción de una muela bastante picada, hace poco más de dos años.

Cuando he ido a hospitales ha sido por la enfermedad de algún familiar o amigo. A una buena amiga la operaron de un coágulo que casi se la lleva al otro barrio, intervención de altísimo riesgo de la que finalmente salió airosa. A una compañera de juergas la operaron del páncreas y nunca más podrá tomar alcohol ni en helado de ron con pasas. A dos de mis tíos los fui a visitar al hospital en días anteriores a su fallecimiento. Fueron muertes estúpidas, que pudieron haberse evitado si mi familia tuviera una mayor cultura de prevención. Este año mi papá ha estado en el hospital dos veces por problemas de la vesícula y el apéndice y para él es una experiencia particularmente desagradable, porque en sus casi seis décadas de vida nunca había tenido ni un internamiento ni una operación.

Los hospitales son los lugares más tristes que puedan existir. Tus seres queridos pasan a ser controlados por personas desconocidas en las que solo te queda confiar. Pierden su autonomía. Y tú, que estás acostumbrado a verlos en casa hasta por gusto, pasas a la limitación de solo verlos los lunes, miércoles y viernes en horario de visita de 2 a 4 de la tarde.

Por otro lado, los hospitales son lugares energéticamente muy cargados. El año pasado estuve practicando, como parte de una de mis carreras, en un hospital psiquiátrico bastante conocido, y en los dos pabellones en los que estuve se contaban historias bastante curiosas de apariciones y sitios donde la gente experimentaba sensaciones desagradables. Las historias clínicas de los pacientes albergaban esas mismas experiencias consignadas una y otra vez por parte de los psicólogos y trabajadores sociales, si bien estos preferían tomarlos como una manifestación "normal" del trastorno mental y no como algo más. Era lo más sano, para no causar alarma y seguir viviendo y trabajando con normalidad, dentro de lo que cabe.

El lugar más "pesado" en el que me ha tocado estar, ha sido probablemente la capilla de un conocido hospital del Cercado de Lima. Cuando mi papá iba a ser operado decidí entrar por unos momentos. La sensación de agobio y espesura del ambiente (no encuentro otro término) eran demasiado evidentes. Pude notar que otras personas solo entraban un momento y se iban de inmediato, como repelidos por alguna sensación desagradable. Después, al ver los restos de cera de innumerables velas esparcidas por el piso, me pregunté a mí mismo: ¿Cuánta gente habrá llorado, suplicado y pedido en esas bancas en todas las décadas que tiene de creado ese hospital? ¿Cuánta gente habrá depositado sus últimas esperanzas en esas mismas bancas, para que minutos u horas después el médico, con gran frialdad, les haya informado de un fatal desenlace?

No me gustan los hospitales y espero nunca ingresar a alguno de ellos como paciente internado, pero si algo debo rescatar es que te hacen valorar un poco más tu vida y la salud, ayudándote a ser consciente de que, ni nosotros ni nuestros seres queridos (ni nadie), tenemos asegurada la vida. Cuando comprendes eso, cada minuto que pasas peleando, resintiéndote o quejándote te parecen la mayor pérdida de tiempo y la más grande estupidez que se te haya podido ocurrir cometer.

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