La primavera resuena.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Un encanto escondido: Playa La Calichera y sus piscinas de agua dulce.

Cuando hablamos de las playas del norte chico de Lima, la primera imagen que nos viene a la mente quizá pertenezca a las costas de Huacho o Barranca. Si somos más específicos y nos referimos a las playas de la provincia de Huaral, probablemente pensemos en la playa Chacra y Mar o en la del puerto de Chancay, pero no son muchos los que conocen las solitarias playas ubicadas entre el norte de la mencionada ciudad y la zona de Chancayllo, menos aún son los que conocen la playa de la que se ocupa este post.

Para llegar a las piscinas de la playa La Calichera tenemos que dirigirnos hasta Chancay, de donde tomaremos un taxi, mototaxi o colectivo que nos deje en el kilómetro 86 de la Panamericana Norte (solo 3 kilómetros al norte de la ciudad). Al otro lado de la pista veremos campos de cultivo, un paradero, un panel que indica "Los Laureles" y el marcador del mencionado kilómetro 86, desde donde empezaremos a caminar con dirección al mar, atravesando campos de col, pepino y otros productos. En la lejanía divisaremos una casa de adobe abandonada a medio construir y a su lado, casi escondida, encontraremos una pequeña bajada hacia la playa, con escaleras en no muy buen estado (se recomienda ir con zapatillas que tengan cierto agarre, para evitar malos ratos), al final de las cuales se encuentran la playa y las piscinas (o pozas) llenas de agua dulce proveniente de las filtraciones del acantilado. Es un lugar tan natural que incluso pueden verse algunos diminutos pececillos o renacuajitos nadando alegremente cerca a las escaleras de la poza más grande.

Es necesario tener precaución: Si bien la poza más pequeña es apropiada para los niños por ser de escasa profundidad, la poza más grande tiene alrededor de 2 metros de fondo y no hay salvavidas en el lugar. Los bordes de la poza y las escaleras que descienden en ella son muy resbalosos, por lo que se recomienda caminar con sandalias que estén en buen estado y no correr. La poza más grande tiene un breve borde bajo el agua, pero éste se extiende por solo algunos centímetros, tras los que la caída es directa hasta los 2 metros ya mencionados, por lo cual muchos bañistas prefieren refrescarse sólo en los bordes.

Se paga una entrada de dos soles. Es un lugar muy pacífico, relajante y bonito. Y si no te gustan las pozas, puedes bañarte en las caídas de agua del acantilado o pasear por la playa. Altamente recomendado y, si bien solo estuve hasta poco antes de las 3pm, me han dicho que los atardeceres son espectaculares.








jueves, 16 de febrero de 2017

Añoranza de jardín.

El árbol del patio interior de la casa de una amiga, a cuya sombra me senté a añorar mi antiguo jardín.
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Cuando era niño vivía en una casa grande y antigua. Estaba acostumbrado a los dos patios: el primero, a la entrada de la casa y con una gran buganvilla cuya copa descansaba sobre el techo; y el segundo a modo de pasadizo interior, con maceteros de piedra y arcilla donde crecían, alegres y despreocupados; helechos, geranios, caiguas, coronas de Cristo, violetas, margaritas y otras plantas. En las roturas del piso era común que nacieran llantenes, cuyas hojas eran utilizadas para cubrir algún golpe o inflamación cuando había necesidad. Muchos de mis mejores momentos de infancia e inicio de adolescencia transcurrieron en esos dos patios, jugando con mis gatos e imaginando que el mundo era un lugar seguro, tranquilo, confiable y más o menos esperanzador.

Posteriormente me trasladé a un departamento y extrañé la presencia del verde elemento (no sean malpensados). Hace unos días compré una planta llamada "chavelita" y la puse en una maceta junto a la ventana (esperemos que dure). Es mi deseo volver a vivir algún día en una casa con jardín, como vivió buena parte de la Humanidad hasta no hace tanto, pero sé que ello se vuelve más difícil porque conforme pasa el tiempo hay menos casas en venta.

Cada vez son más las casas que terminan derribadas para construir en su lugar edificios-ratonera y no hay autoridad que se oponga bajo la excusa de "la libertad de empresa", "la intocable inversión" y "la libertad de los dueños de vender sus casas al mejor postor". Que distritos anteriormente tranquilos y relajados, como Barranco, se estén convirtiendo en cúmulos de ratoneras carentes de originalidad y espacio, los tiene sin cuidado. Dinero es dinero, y esa es la única ley que rige las conciencias de la mayoría de autoridades (suponiendo que tengan conciencia).

Recuerdo el caso de un buen amigo que vivió durante años en una gran casa cerca al malecón del otrora distrito de los poetas. Cuando recién llegó a vivir, podía observar el atardecer desde su patio interior, pero un mal día la municipalidad autorizó que construyeran un edificio en ese lugar y no le quedó más que observar una pared blanca por todo paisaje. Años después, sus materialistas vecinos vendieron sus propiedades por cuatro pesetas a una inmobiliaria que también le ofreció comprar su casa, cosa que él no aceptó. Sin embargo, la inmobiliaria empezó a hostilizarlo, haciendo que "casualmente" cayeran multitud de desechos a su patio interior, generando ruido a todas horas, e incluso derrumbando la pared separadora (también "por un descuido") y reemplazándola por un conjunto de tablas viejas. Mi amigo se quejó ante la municipalidad, pero evidentemente sus reclamos no fueron escuchados y tuvo que ceder y vender su gran casa a la inmobiliaria, mudándose a un departamento de la misma, pésimamente construido y donde incluso ha tenido que afrontar una inundación porque las tuberías de agua son de pésima calidad y fueron colocadas contra el tiempo.

Pero dicen que vivir en un departamento "te da libertad e independencia", y así te lo venden en la publicidad de las grandes inmobiliarias que parasitan nuestras calles.

Vayamos al factor humano: pienso que la proliferación de edificios-ratonera es otro signo del individualismo que cada vez afecta a más y más citadinos, especialmente jóvenes. Son muchos los que, teniendo una gran casa familiar con posibilidad de construir nuevas habitaciones, se dejan guiar por un errado concepto de "libertad e independencia" importado de la sociedad de consumo estadounidense, o por frases cojudas al estilo "el casado, casa quiere" y compran el departamento más barato, mal construido y ridículamente pequeño que puedan encontrar. Todo con tal de sentirse "libres y dueños de sus destinos", pero claro, pasan de depender de la opinión familiar a depender de la opinión de la junta de propietarios, que será quien castre tus reuniones sociales, tus posibilidades de traer mascotas, etc, con la excusa de "la convivencia". Porque ha de ser difícil malvivir con multitud de desconocidos estresados en cualquiera de esos gallineros verticales, no lo dudo.

Por eso, envidio sanamente y me gusta visitar a Honorio, viejo amigo de mi tío que vive a las afueras de la ciudad, en una casa antigua, y que cultiva en su jardín las plantas más insospechadas. Tiene papaya, algodón, buganvilla, albaricoque, sachapapa, uva, cactus San Pedro, e incluso lechero africano, también conocido como la planta de la vida por haber fundadas pruebas de que podría curar el cáncer. Por las paredes revolotean arañas de desierto, hormigas y escarabajos; y cuando riega las plantas, el olor a tierra mojada es francamente relajante.

Si vivir en cajitas de 50 m2 es "la modernidad" y habitar en casas de tamaño decente es un anacronismo ¡que me la chupen bien fuerte y disfruten sus ratoneras, tarados!

Y que vivan los jardines, nuestra pequeña puerta de conexión con esa naturaleza de la que formamos parte, pero muchas veces olvidamos (y que quienes dominan el mundo se empeñan en hacer que olvidemos, para deshumanizarnos e insensibilizarnos).

sábado, 24 de diciembre de 2016

Gente maravillosa.

Una oración a Dios, pidiéndole por mí, antes de ser dejada en el Muro de los Lamentos. He borrado varias de las palabras por tratarse de temas personales.
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Recuerdo que mi tío, cuando instaba a sus amigos a reunirse, les decía que era provechoso volver a la sangha. Es esta una palabra de la tradición budista cuya interpretación más cercana sería "comunidad", entendida como un conjunto de personas reunidas con intenciones y propósitos nobles o en búsqueda de la realización personal (por ejemplo, los monjes). Según él, no hacía falta recluirse en un monasterio ni hacer grandes penitencias, porque la propia vida es una continuada oportunidad para pulir los defectos, adquirir rectitud y asomarse a la perfección.

Son muchas las personas que han pasado por mi vida y con quienes he hecho sangha en las más variadas e insospechadas formas y momentos. Desde aquella chica que conocí a inicios de mi adolescencia mientras observaba el mar barranquino, pasando por compañeros de colegio a quienes nunca más volví a ver (pero que alguna frase dejaron), y terminando por personas que conocí en la universidad, a través de la red, o en algún viaje, y de los que no volví a tener noticia. Dicen que cada ser humano tiene una misión en la vida de aquellos con quienes se cruza, y así como hay misiones que duran hasta el final de tu vida terrenal, hay otras que se acaban tras unos minutos, unos días o unos meses, pero que te marcan para siempre.

No es la cantidad de tiempo, sino la calidad. No son las cosas que vives, sino la intensidad con que éstas se graban en tus recuerdos. Ni siquiera son los acontecimientos en sí, si no cómo estos ocurrieron en el momento preciso que les permitió hacerse inolvidables. Nunca he sido una persona de muchos amigos, casi todas las personas con las que me he cruzado han sido aves pasajeras. De paso más o menos largo, pero de paso al fin; aunque eso no quita que si alguno de ellos faltase en mi historia de vida, las cosas no serían iguales a día de hoy. Y en eso radica su importancia y la razón para estar agradecido.

Esta Navidad me alcanza teniendo a varias personas de mi sangha actual, un tanto distantes. Mis dos mejores amigos están lejos, lo mismo que algunas personas de mi familia. Otros han continuado su camino por las dimensiones del espíritu y, algunos, aunque cercanos en el espacio y el tiempo, están alejados por los malos entendidos de la comunicación humana u otras circunstancias propias de nuestra falible voluntad.

Uno de mis mejores amigos está de viaje en Egipto, Jordania e Israel. En estas semanas, le ha prestado especial atención a orar por los cristianos perseguidos y, en cierto modo, ha visto la violencia musulmana de cerca: Estuvo en El Cairo hasta solo tres días antes del cobarde atentado musulmán contra la Iglesia Copta de San Pedro y San Pablo. Por estas fechas se encuentra en Jerusalén, conociendo los lugares por los que transcurrió parte de la vida terrenal de Nuestro Señor Jesucristo y me envió algunas fotos de los mensajes que puso en las rendijas del Muro de los Lamentos, pidiendo por las intenciones de nosotros, sus amigos. Dice la tradición judía, según me refería, que este lugar oficia como una especie de "teléfono directo" con la divinidad y que los mensajes en él depositados son respondidos por Dios de forma mucho más rápida que las oraciones comunes. Son creencias con las que uno puede coincidir o no, pero las buenas intenciones, aún estando tan lejos, son bien recibidas. Cuando una amistad es verdadera, trasciende las barreras del tiempo y el espacio y, estoy seguro, que él también merece ser mencionado en este post, dedicado a todas aquellas personas que el Padre hizo (y hace, y hará) que coincidieran conmigo en esta aventura llamada vida.

Feliz Navidad para todos. Dediquemos este día a orar por aquellos que, por algún secreto pero maravilloso motivo, coinciden con nosotros en esta fascinante aventura; por aquellos que han perdido la esperanza de encontrar el sentido de su vida; por quienes sufren la violencia en estos mismos momentos; pero especialmente, agradezcamos a Aquel que nos regaló la existencia, por cada instante de observar y aceptar la belleza, tanto de la suave brisa, como de la inquietante tormenta y aún de aquello que no podemos comprender.

domingo, 13 de noviembre de 2016

El hombre que se convirtió en Mahoma.

Fue hace más de diez años, probablemente entre 2004 y 2005, no antes. Por aquella época, mis madrugadas adolescentes se llenaban de insomnio, Messenger y lecturas variadas en internet, cada una más bizarra que la anterior.

Es así como llegué hasta un foro cuyo nombre ya ni recuerdo; un rincón de opinión entre tantos otros, pero con un contenido que recuerdo hasta hoy y cuyo autor, oculto bajo un seudónimo, aseguraba que estaba basado en un hecho real. Podría ser solo otro cuento breve de viajes en el tiempo, pero esta historia en particular era verdaderamente inédita y original.

Supuestamente la historia aconteció en 2002, cuando las heridas del 11-S aún estaban muy frescas. Es entonces cuando el gobierno estadounidense habría estado probando un modelo experimental de máquina del tiempo y, siempre según el anónimo forista, decidió eliminar de raíz el terrorismo islámico enviando a un militar hasta el siglo VII con la intención de infiltrarse entre los seguidores de Mahoma para acabar con él.

Aquí es donde la historia se pone interesante: El militar logró interceptar la caravana en la cual viajaba el profeta del islam, encontrando que este era un personaje muy pacífico que no oponía resistencia. Sin embargo habría terminado matando a balazos tanto a Mahoma como a todos sus acompañantes, tras lo cual intentó regresar a su máquina temporal, lo que no logró por sufrir un accidente que le hizo perder la memoria en pleno desierto.

Una caravana que por ahí pasaba lo recogió, llevándolo hasta La Meca. En el camino, el militar solo logró tener recuerdos borrosos e incomprensibles de su tiempo, recordando imágenes de las bellas mujeres del night club que frecuentaba, los grandes parques de la ciudad donde vivía, rodeados por grandes y luminosos edificios, lo que él solo pudo identificar como visiones del paraíso con sus jardines y sus vírgenes. También recordó que iba tras un tal Mahoma, pero debido a los desvaríos producto de su afectada condición mental, terminó considerando que ese era su propio nombre, y que era un profeta que había recibido visiones por parte de Dios, las que debía comunicar a cuanta persona encontrara. También recordó algunas escenas de los duros castigos y entrenamientos de su formación militar y los identificó con los castigos que recibirían quienes no aceptaran su palabra revelada.

Es así como el hombre que mató a Mahoma terminó convertido en Mahoma mismo, y entró en la que sería la ciudad santa de los musulmanes al grito de "¡Convertíos!", fundando una fe cuyo desenlace ya conocemos y que él juró alguna vez detener.

Estoy totalmente seguro de que solo se trata de otra curiosa historia de ficción pero eso no quita lo irónico que sería que las cosas hubieran sido así ¿no? Una historia de ese tipo merecería finalizar con la siguiente frase: "Y el Destino sonrió, burlón".

jueves, 6 de octubre de 2016

Eusebio Maní.

Muchos personajes de nuestra historia personal quedan injustamente olvidados por la memoria, pero eso no significa que su papel en nuestras vidas haya acabado del todo, por modesto que haya sido. Y creo que eso fue lo que pasó con Eusebio Maní.

Fue hace unos días cuando el tío Nelson me preguntó si es que recordaba a "el hombre del maní" o "Eusebio maní, porque manicero se presta a malas interpretaciones". Ante tal denominación, lo primero que vino a mi mente fue la carátula de "La venganza del maní asesino" de Chabelos, es decir, algo no muy inocente que digamos. Pero poco a poco fui recordando y volví en el tiempo gracias a los pensamientos (inserte aquí: "Vuela, vuela" de Magneto).

Debe haber sido a inicios de 2002 y en el terral que antes había frente a San Marcos cuando coincidíamos con Eusebio, quien era vendedor especializado en una amplia gama de manís, pecanas y otros alimentos saludables. Coincidíamos, mejor dicho, en algunas de las tardes en que nosotros íbamos a vender libros, por no decir que el tío Nelson los vendía y Pedro (el primo postizo) y yo nos dedicábamos a leer y hablar sobre la pluscuamperfección del universo y sus implicancias en la vida social de las zarigüeyas arborícolas, es decir, a huevear. Y fue en algún momento de aquellas tardes en que también coincidimos con Ramiro, el Testigo de Jehová que vendía jugo de piña; con Giovanni, el sanmarquino que iba a comprar libros de segunda de Filosofía; con Alejandro, el tío del ceviche que más de un problema gástrico nos causó, entre otras personas. Todos ellos se fueron diluyendo lentamente de la memoria una vez que esa etapa de vender libros fue dejada en algún estante de la casa del tío Nelson y de nuestros recuerdos.

Pero Eusebio no nos había olvidado. Y ello a pesar de que una vez que el terral desapareció y la municipalidad se encargó de dispersar a los que allí vendían, se tornaron inubicables todos aquellos personajes. Y fue un día, hace algunas semanas, mientras el tío Nelson pasaba por la avenida Alfonso Ugarte, cuando escuchó que lo llamaban de forma peculiar:

- ¡Eh, Nelson libro!

Y fue así como lo recordaba, como "Nelson el de los libros" o como "Nelson libro", para resumir. Y una de las primeras cosas que también recordó fue mi presencia. Mientras los chiquillos de por ahí correteaban y jugaban fulbito, yo me la pasaba leyendo libros y revistas y de vez en cuando hacía comentarios sobre los temas que leía, con Nelson, Pedro o Giovanni, especialmente cuando eran temas de historia. Pero me llamó la atención que Eusebio, incrédulo ante aquella actitud, se refirió a mí como "el chico que parecía que leía".

Me sentí subestimado, lo admito, pero después comprendí. Frente a una adolescencia que ya desde aquellos años y mucho antes prefería desbandarse, la presencia de un chibolo que se la pasara leyendo era cuando menos, llamativa y generadora de escepticismo.

Hace un par de noches decidí pasar por Alfonso Ugarte a eso de las 8. Me disponía a ir al lugar donde venden libros de segunda (y donde encuentras algunos ejemplares hasta del siglo XIX) y recordé todo esto. Mis pasos se encaminaron rápidamente hacia el lugar donde sabía que lo encontraría. Me causaba mucha curiosidad, ya saben que muchas veces soy presa de mis recuerdos y de una casi enfermiza afición por pasármela redescubriendo e idolatrando mi pasado.

Lo encontré, lo miré a los ojos para ver si era reconocido y le pregunté el precio de una de aquellas bolsitas de maní con pasas. "Dos soles", me dijo, no me había reconocido a pesar de que yo estaba con la misma camisa de hace diez años. Me disponía a retirarme cuando decidí dar media vuelta y le dije:

- Disculpe, ¿recuerda cuando usted vendía maní frente a San Marcos?

Me miró extrañado, respondiendo que eso fue hace muchos años y que quién era yo para saberlo. Entonces le respondí, sonriendo.

- Bueno, yo soy el muchacho que según usted "parecía que leía" junto a Nelson.

Y así nos quedamos conversando de la vida. Cuando menos me dí cuenta, había pasado más de media hora y la calle empezaba a hacerse más peligrosa de lo que ya es a cualquier hora. Me preguntó qué había sido de mi vida, si todo estaba mejor con mi familia (ese verano me quité de mi casa por varios días, en un arranque de hartazgo adolescente) y qué hacía. Le conté que había estado estudiando Derecho contra mi voluntad, que ahora estaba estudiando dos carreras, una, curiosamente en San Marcos, y otra en una universidad privada, y que ya no vendía libros sino que ahora los coleccionaba. Y que sí, sí leía, no solo lo aparentaba. Le dió gusto, quedé en volverlo a visitar esta vez con Pedro y Nelson y quizá conversar de los viejos tiempos en la casa de este último. Por su parte, a él aún le quedaban un par de horas de vender sus productos.

Me despedí y me alejé pensando en cómo para algunos la vida ha cambiado tanto en estos años mientras que para otros solo ha cambiado el lugar de desempeño, mas no las actividades. Y recordé que fue con la gente más sencilla con la que siempre me sentí más identificado, comprendido y en familia. Y que además, son los únicos que (quizá sin yo merecerlo) hasta ahora no me olvidan.

Escrito en mayo de 2012.

sábado, 1 de octubre de 2016

Arquímedes.

"Arquímedes", a medio terminar.
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Esta ha sido una semana de reencuentros. Me volví a encontrar con dos buenos amigos, y también, con mi blog (hace algunas semanas que no me nacía escribir aquí).

Uno de esos amigos se llama Pedro y forma parte de las personas que me ayudaron con poco, y a la vez con mucho, cuando era adolescente. Es de condición humilde, ya está cerca de los 40, y es el típico ejemplo del peruano luchador para quien la ausencia de estudios universitarios no constituye óbice para salir adelante y dedicarse a aquello que le gusta.

Y aquello que le gusta es la pintura, casi tanto como la investigación. Pero no la investigación académica, esa que te tratan de enseñar en tu curso de Metodología o Seminario de Tesis, sino la verdadera investigación, la que nace de la curiosidad innata por querer descubrir más sobre el mundo que te rodea pero, sobre todo, por conocer cada día más de tu universo interior.

Desempeñó muchos oficios. Vendió libros cerca a San Marcos, hizo maquetas en el Jirón Amazonas, fue encargado de seguridad en una discoteca, pero siempre llevaba en su morral un pequeño libro sobre yoga, un libro amarillo, antiguo y aparentemente simple que lo ayudaba a relajarse cuando la cosa se ponía poco favorable.

La sombra de los problemas económicos fue un fantasma casi constante para él en los últimos años y, sin embargo, desaparecía por las noches en una habitación de su casa, que constituía para él, su pequeño templo. Sacaba un viejo cajón de madera de debajo de una mesa circular que había conocido tiempos mejores y, tras una rápida revisión de pinceles y pinturas, se disponía a darle la oportunidad de existir a alguna obra que surgiera de su imaginación. Su imaginación y, sobre todo, su intuición, eran aquellos vientos que impulsaban la vela de su creatividad en aquellas largas noches de insomnio.

Logró hacerse amigo de un pintor de aquellos que ofrecían sus pinturas en el Parque Kennedy, pudiendo vender alguna de sus obras, si bien esto le resultaba un tanto difícil no solo porque el consumo de este tipo de arte es muy limitado en nuestro país (donde se tiene el errado concepto de que el artista debe casi regalar lo que produce y no vivir de ello) sino porque llegaba a encariñarse con lo que pintaba. Después de todo, esos trazos y esas pinturas le habían sacado más de una arruga prematura y, seguramente, también alguna cana; más o menos como los hijos a sus padres.

Hace unos días me llamó para decirme que le impresionó leer la vida de Arquímedes. ¿Cómo era posible que uno de los hombres más sabios de la Antigüedad terminara sus días asesinado por un rudo y brutal soldado romano? Pero es que eso es lo que ocurre hasta nuestros días: la cultura y la educación (que es distinta a la instrucción) muchas veces terminan sepultados por la mediocridad y la vulgaridad de quienes solo quieren darle rienda suelta a sus bajos y animales instintos.

Así es que decidió dedicarle una obra, la cual aún no está terminada. Falta mucho, como puede apreciarse en la imagen que acompaña estas líneas. Los ojos del soldado aún están blancos y esa será la parte más difícil de rellenar, porque la insensatez de aquel que acaba con un sabio es difícil de ser plasmada, incluso para un artista que ama lo que hace.

Pedro, quizá no hayas estudiado en Bellas Artes (ni en Alejandría), pero llevas la inspiración artística en tu corazón. Eres el Arquímedes de la pintura, estimado amigo.

sábado, 20 de agosto de 2016

Frío.


Conozco personas que aman el frío, aman cubrirse de ropa como si quisieran mimetizarse en una tienda de peluches, aman caminar bajo la lluvia y escribir en las redes sociales lo hermoso que es que el clima esté gris como su alma (y después se preguntan por qué no tienen enamorado).

Bueno, yo no soy de esos.

El look que más me gusta (y el que me caracteriza) es el que corresponde al verano y trato de llevarlo el mayor tiempo posible: es común que tenga puesto mi short verde para-toda-ocasión y mi polo blanco de los viajes hasta bien entrado el otoño. Si uso chompa o casaca es únicamente para no hacer roche o porque ya el frío es verdaderamente insoportable y tampoco es que haya olvidado que de niño sufría de sinusitis, así que mejor prevención en lugar de congestión (nasal).

Cómo hará de frío que hasta mi gata, con una docilidad inusual en ella, me permite que la arrope debajo de la colcha. En realidad se la pasa echada sobre mi cama intentando conseguir calor sobre las frazadas o (cuando me echo) sobre mi panza que, imagino, le ha de resultar bastante cálida por la grasa acumulada.

Por supuesto hay frío real y frío aparente. Un profesor, hace varios ciclos atrás, nos preguntó si creíamos que el invierno limeño era frío, a lo que todos respondimos con un unánime "sí" y él replicó que eso era mentira. Para frío, el de Puno o Siberia, lo que malogra nuestra sensación térmica y hace que temperaturas que en otro lugar serían agradables (14 o 15 grados) se vuelvan bastante incómodas, es la humedad casi siempre superior al 90%. Y hablando de verdadero frío, hace unos días estuve en Puno y ese sí que es un frío acojonante al punto que hasta dolía respirar (literal), por no decir que lo pasaba aún peor por el hecho de que el hospedaje estaba situado a menos de una cuadra del Lago Titicaca. Frío + humedad + altura, una combinación para pensarla dos veces.

Pero vamos, que si el frío/humedad resultan molestos aún estando dentro de casa, con el tacu tacu de la cena al costado y con puertas y ventanas cerradas ¿te has puesto a pensar cómo la pasan aquellos que tienen que dormir o laborar en las calles? Me resulta incomprensible cómo es que nadie se preocupa de ofrecerle un asilo a los varones jóvenes y ancianos que duermen bajo harapos en las aceras de la avenida Uruguay, por ejemplo. Pero dicen que nuestra sociedad es justa e inclusiva. Sí, claro.

También me pongo a pensar en los travestis que trabajan hasta la madrugada en oscuras y húmedas calles como el Jirón Washington, ataviados con diminutas prendas. Sinceramente, me da ganas de regalarles las casacas acolchadas que me niego a usar, pero entiendo que esa semidesnudez es parte de su trabajo y que les malograría la chamba y esa no es mi intención.

De los pastrulos y borrachos que a la mañana siguiente aparecen profundamente dormidos y sin zapatos en las bancas y aceras de Emancipación, no me preocupo mucho: ellos están tan "duros" o zampados que ni sienten el frío ni saben dónde están. Algo de "bueno" tenía que tener su vicio.

Yo, por mi parte, estuve frente al mar barranquino buscando respuestas al iniciar la noche. No me importó el frío y no había tomado café ni licor para calentarme. Los buenos pensamientos y un profundo sentido de la admiración fueron más que suficientes para conducirme a tierras más cálidas mediante la imaginación.