La primavera resuena.

domingo, 17 de enero de 2016

Lima, esa triste ciudad que paga mal a quienes quieren darle cultura.

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Todas las estadísticas nos invitan a pensar que el peruano promedio lee poco. Muy poco comparado, incluso, con los otros países de la región. Pero quizá sea solo que no leemos lo que a las grandes editoriales les interesa que leamos.

Hasta hace algunos años no habían muchas grandes librerías (y el par que existía tenía precios abusivamente caros) y es por esto que la piratería llenó el vacío y satisfizo la demanda cultural durante buen tiempo. Las primeras veces que fui a Quilca encontraba los libros "nacionales" (como solía decirse) puestos junto a los demás, aunque en los últimos años se guardaban y se traían cuando el cliente los solicitaba. Aún así, la mayoría de libros no eran piratas sino ediciones antiguas o libros de segunda, de esos que ya no aparecen en los ránkings, pero que la gente compra porque, como el buen vino, se ponen más sabrosos con el transcurrir del tiempo. Tanto unos libros como otros (piratas o antiguos) no generan ingresos para las editoriales y es por esto que no interesa cuantificarlos ni incluir su compra en las grandes estadísticas que el gobierno toma como oficiales y exactas.

Allá por 2005 o 2006 era común observar a una extraña muchedumbre, mezcla de bibliófilos con anticuarios, que se daba cita a partir de las 9 de la noche en una tienda de la avenida Alfonso Ugarte, en la cuadra que está entre la avenida España y la Plaza Bolognesi. Allí, detrás de un mostrador con gaseosas y demás dulces venenos, se extendían dos grandes mesas y algunos estantes repletos de libros antiguos, muchos de ellos incluso del siglo XIX. El gordo Alejandro, que esa era la gracia del dueño, nunca nos dijo de dónde los traía, pero algunos tenían sellos de antiguas bibliotecas personales, dedicatorias por cumpleaños de los 60s o 70s (hermosas épocas en que se regalaban libros como demostración de afecto) e incluso tarjetas de bibliotecas de congregaciones religiosas. El tío Nelson, que fue quien me llevó por primera vez, me decía que a lo mejor se trataba de curas de malas costumbres que negociaban con los libros considerados "prescindibles" o "menos importantes"; y de familias que, una vez muerto el patriarca y poco instruidas las nuevas generaciones, preferían ver el reality del momento, considerando esos libros como un anacronismo. Y los vendían al peso.

En una ocasión nos cruzamos con un turista inglés que compró una colección completa de libros de filosofía en latín exclamando "ahora estos libros regresan por fin a Europa" y también con un vasco que aseguraba que antes de ver tal cantidad de gente en ese lugar y en el jirón Amazonas, creía que era cierto que los peruanos no leían. Mi tío fue durante años a dicho lugar y tiene en su casa varias cajas de libros impresos en décadas donde la mentalidad humana estaba un poco más sana. Yo, por mi parte, también tengo algunos. Llegará el tiempo en que el conocimiento escaseé y haya que buscarlo en lugares recónditos, así que es preferible estar prevenido.

Pero también hubo tiempos de vacas flacas y, algunos años antes de lo que les cuento (allá por 2001 y teniendo yo 14 años), tío y sobrino tuvimos que vender libros en el terral que existía frente a San Marcos antes de la construcción del by pass de la avenida Venezuela. Eran libros antiguos, no piratas y eran rematados porque las cuentas del agua y la luz no entienden de cultura. Había que regresar a casa de mi tío (en el jirón Ica) a pie para ahorrar al máximo, más aún porque muchos de los compradores pedían rebajas sobre lo que ya estaba rebajado, y así es como se fue, por ejemplo, un hermoso, enorme y antiguo diccionario español-latín-griego clásico por el que ofrecieron 40 miserables soles. 40 soles por un libro que nunca más volverás a ver y que no se encuentra ni en la Biblioteca Nacional. Es por eso que rara vez pido rebajas cuando se trata de libros: entiendo que puedes hacerlo cuando se trata de gaseosas o empanadas, pero no con el conocimiento.

Volvamos a Quilca. Fue ahí donde compraron uno de los primeros libros que me regalaron ("Yo visité Ganímedes") y donde compré la mayoría de libros de J.J. Benítez, mi autor favorito (en el puesto de un señor que los tenía casi todos y en original), incluido un ejemplar de la primera edición de "100.000 kilómetros tras los ovnis", de 1980. También había un stand donde una señora vendía libros y revistas antiguos como distintos folletos masones, rosacruces y de la Sociedad Teosófica, asímismo ejemplares de "Lo Insólito", la primera y única revista peruana dedicada a los temas de misterio, allá por los años 70. Es por eso que es un lugar al que le tengo bastante cariño y lamento no haber comprado más libros por tacaño, a pesar de que el desalojo se venía anunciando desde el año pasado.

¿Cómo es posible que durante años se mantengan puteríos, night clubs de mala muerte, cantinas y prostitución callejera a solo unas cuadras y que la Policía prefiera arremeter contra vendedores de libros? ¿Será que nunca han leído uno? ¿O será que el Arzobispado (el dueño de ese terreno) quiere venderlo a alguna inmobiliaria o cadena de supermercados? Irónico porque Jesús no tenía donde reposar su cabeza, mientras ellos son capaces de dejar gente sin trabajo y familias sin comer con tal de tener propiedades y dinero que ni siquiera necesitan.

Como ex vendedor de libros y sabedor de lo mal pagada que es esta profesión en nuestro país (en otros lugares existiría apoyo estatal y privado o por lo menos no habría hostilización) muestro mi solidaridad con los libreros de Quilca esperando que pronto encuentren un nuevo lugar donde establecerse. Escuché el rumor de que se irán a Los Olivos. Sea ahí o a otro lugar, van para ellos mis mejores deseos de éxito y agradecimiento por difundir cultura en una sociedad que en gran medida prefiere el embrutecimiento.

3 comentarios:

  1. Algunos están cerca a la plaza san Martín , te refieres a ellos ?

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    1. Los libreros desalojados son los del Boulevard de la Cultura, la galería principal del jirón Quilca. Los que venden en el jirón Camaná, entre Quilca y la Plaza Francia, a entre una y dos cuadras de la Plaza San Martín, siguen vendiendo como siempre. Supongo que a alguno de esos dos grupos te refieres.

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  2. :( juajuajua yo siempre ando buscando libros viejos...

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