La primavera resuena.

sábado, 20 de agosto de 2016

Frío.


Conozco personas que aman el frío, aman cubrirse de ropa como si quisieran mimetizarse en una tienda de peluches, aman caminar bajo la lluvia y escribir en las redes sociales lo hermoso que es que el clima esté gris como su alma (y después se preguntan por qué no tienen enamorado).

Bueno, yo no soy de esos.

El look que más me gusta (y el que me caracteriza) es el que corresponde al verano y trato de llevarlo el mayor tiempo posible: es común que tenga puesto mi short verde para-toda-ocasión y mi polo blanco de los viajes hasta bien entrado el otoño. Si uso chompa o casaca es únicamente para no hacer roche o porque ya el frío es verdaderamente insoportable y tampoco es que haya olvidado que de niño sufría de sinusitis, así que mejor prevención en lugar de congestión (nasal).

Cómo hará de frío que hasta mi gata, con una docilidad inusual en ella, me permite que la arrope debajo de la colcha. En realidad se la pasa echada sobre mi cama intentando conseguir calor sobre las frazadas o (cuando me echo) sobre mi panza que, imagino, le ha de resultar bastante cálida por la grasa acumulada.

Por supuesto hay frío real y frío aparente. Un profesor, hace varios ciclos atrás, nos preguntó si creíamos que el invierno limeño era frío, a lo que todos respondimos con un unánime "sí" y él replicó que eso era mentira. Para frío, el de Puno o Siberia, lo que malogra nuestra sensación térmica y hace que temperaturas que en otro lugar serían agradables (14 o 15 grados) se vuelvan bastante incómodas, es la humedad casi siempre superior al 90%. Y hablando de verdadero frío, hace unos días estuve en Puno y ese sí que es un frío acojonante al punto que hasta dolía respirar (literal), por no decir que lo pasaba aún peor por el hecho de que el hospedaje estaba situado a menos de una cuadra del Lago Titicaca. Frío + humedad + altura, una combinación para pensarla dos veces.

Pero vamos, que si el frío/humedad resultan molestos aún estando dentro de casa, con el tacu tacu de la cena al costado y con puertas y ventanas cerradas ¿te has puesto a pensar cómo la pasan aquellos que tienen que dormir o laborar en las calles? Me resulta incomprensible cómo es que nadie se preocupa de ofrecerle un asilo a los varones jóvenes y ancianos que duermen bajo harapos en las aceras de la avenida Uruguay, por ejemplo. Pero dicen que nuestra sociedad es justa e inclusiva. Sí, claro.

También me pongo a pensar en los travestis que trabajan hasta la madrugada en oscuras y húmedas calles como el Jirón Washington, ataviados con diminutas prendas. Sinceramente, me da ganas de regalarles las casacas acolchadas que me niego a usar, pero entiendo que esa semidesnudez es parte de su trabajo y que les malograría la chamba y esa no es mi intención.

De los pastrulos y borrachos que a la mañana siguiente aparecen profundamente dormidos y sin zapatos en las bancas y aceras de Emancipación, no me preocupo mucho: ellos están tan "duros" o zampados que ni sienten el frío ni saben dónde están. Algo de "bueno" tenía que tener su vicio.

Yo, por mi parte, estuve frente al mar barranquino buscando respuestas al iniciar la noche. No me importó el frío y no había tomado café ni licor para calentarme. Los buenos pensamientos y un profundo sentido de la admiración fueron más que suficientes para conducirme a tierras más cálidas mediante la imaginación.

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