La primavera resuena.

domingo, 12 de abril de 2015

Domingos familiares.

Hace mucho que no tengo lo que podría denominarse "un domingo familiar" en sentido estricto. No es algo que me haga sentir especialmente mal pues comprendo las circunstancias de mi familia y, además, sé que el amor que me puedan tener (y yo tenerle a) algunos familiares no depende de un día establecido para reunirnos, aunque sería bonito. Se sentía bien y contribuyó a darme alegrías en mis primeros años.

Recuerdo los domingos de obligada reunión cuando era niño y hasta entrada la pubertad. Venía mi padrino, un italo-estadounidense de casi dos metros de estatura, laico consagrado de una orden católica irlandesa, y después de hacer algunas oraciones y hablar de cuestiones bíblicas con mis tíos, mi madre y otros parientes, se unía al festín alimenticio de rigor. Ese día sí que mi tía se esmeraba con la cocina. Después de su fallecimiento en 2002 no volví a saber de esos banquetes, salvo en unos pocos cumpleaños posteriores.

No me place almorzar con mi padre, porque siempre está presente su mujer, con quien mantenemos una guerra fría que a veces se calienta con uno que otro dardo salido de mi lengua afilada o de la suya, así que es mejor evitar problemas.

Tampoco almuerzo con mi madre, ya que ella almuerza con mi tía y, a veces, con mis parientes de Independencia, y no, no son personas con las que diga "¡qué bruto, qué tal afinidad!", así que paso.

Con quien sí almuerzo la mayor parte de los domingos es con Nelson, mi tío lejano. Él es ovolactovegetariano, así que mi domingo es de penitencia, sin carne. Pero no la extraño porque la conversación de temas sustanciosos (religión, esoterismo, historia, etc) suple cualquier carencia y además, hace verdadera magia con los ingredientes. El plato suele consistir en un arroz sazonado con trocitos de zanahoria, arverjitas y, a veces, hasta papas y fideos; al cual se suman un par de huevos fritos, plátano frito y media palta, todo con su agua de manzanilla, para evitar la indigestión. Pocas veces soy tan feliz con algo aparentemente tan simple.
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Y de fondo, música clásica.
Pero ¿a qué vino esto?

Lo que pasa es que hace unos días comí un rico cevichito frente al mar con unas amistades y una de ellas se sorprendió cuando le mencioné que algunas personas no podrían unirse a cierta celebración dominical porque tienen su día familiar. No podía creer que aún existan familias que sigan los modelos tradicionales y tengan un día instituido para estar todos juntos.

En cierto modo, que se sorprendan por ello es triste, porque nos indica que el individualismo que nos carcome va ganando la batalla y es percibido por muchos como lo "natural" y "preferible", casi como la única opción para "ser libres y felices".

Pero no, el ser humano no está hecho para estar solo y creo que los domingos familiares (así sean, como en mi caso, solo con mi tío y ocasionalmente también con mi primo) ayudan a afianzar lazos afectivos con las personas entre las cuales Dios y la naturaleza te hicieron nacer y crecer. Lazos que, por cierto, solo son cuestionados y se pierden en las últimas décadas y exclusivamente en nuestra especie. Los que estamos mal somos nosotros.
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Mamá gata paseando con su hijo gato por los techos de La Punta, quizá buscando juntos algún pajarillo para el almuerzo dominguero.

2 comentarios:

  1. jajaja esa mamá gata xD

    Yo almuerzo con mi familia cada domingo, que bien que sientas algo especial esos días :)

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  2. te entiendo, yo hace años que no tengo almuerzos familiares y ya me acostumbre a estar solo, pero cuando mi familia llega disfruto el rato con ellos!

    habra que coordinar para un almuerzo carnivoro entonces! porque la verdad yo de vegetariano no tengo nada! jajaja

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