La primavera resuena.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Traumando a las nuevas generaciones.

¿A cuántos no nos ha pasado que, en determinada etapa de nuestras vidas vemos truncadas nuestras perspectivas de futuro? Y no por nuestra incapacidad, sino por la falta de apoyo de nuestros padres. Y no porque estos no puedan, sino porque no quieren, porque desean que nuestro futuro sea decisión suya, como si fuésemos una compra que les debe ser entregada "al gusto del cliente". Por supuesto, los clientes son ellos.

Generalmente esto forma parte de una larga y repetitiva cadena transmitida a ellos por sus respectivos padres. Y a estos por sus abuelos. Y que forma parte de una antigua tradición que encuentra su máximo exponente en aquellas no tan lejanas épocas en las que los padres decidían, incluso, la pareja que iba a tener el hijo o hija. Y no les parecía mal, total sus padres les habían hecho lo mismo. Y de hecho, esto aún pasa en grupos como los mennonitas y buena parte de los hinduistas y musulmanes (al menos con respecto a las mujeres).

Cuando uno trata de cuestionar (desde el papel de hijo) esta cadena enfermiza, se suele encontrar con la oposición jerárquica de sus progenitores. Y digo jerárquica porque muchos de ellos saben perfectamente que están equivocados pero lo siguen haciendo porque piensan que "ceder" ante el razonamiento de los jóvenes sería mostrar debilidad, perder poder y propiciar el desbande. Así que optan por mantener su control a punta de gritos, insultos, falacias de autoridad y demás. Cuando se les intenta hablar de los roles democráticos que deberían primar en las familias, se ríen o se excusan y solo prestan atención cuando su hijo o hija cae en problemas de depresión, anorexia, bulimia, intentos de suicidio o drogas, pero por lo general, después de un rato de llanto y de promesas de mejorar el trato siguen haciendo lo mismo "porque así fueron criados ellos" y de vuelta la burra al trigo.

¿Y después se quejan de que "por qué estas nuevas generaciones están más cagadas que las suyas"?

¿En verdad están más cagadas? ¿No fue su generación la que empezó a alucinar con las primeras drogas químicas como el LSD? ¿No tienen ellos bien guardadas (por el roche) sus fotos de cuando se iban de parranda vestidos como hippies? Pero bueno, la vaca olvida convenientemente cuando fue ternera y se iba en busca de otros pastos.

En fin, me centraré en lo que me hizo escribir este post. Hace unos días se llevó a cabo la celebración de Navidad en el que fue mi centro de prácticas preprofesionales del presente año, un conocido hospital, y para variar, se propició lo que siempre se hace en estos eventos: que los niños jueguen, que los niños bailen, que los niños concursen, etc, porque se asume equivocadamente que a todos los niños les gusta hacer eso, o al menos los padres lo asumen simplista e ignorantemente. Al final, estos eventos se vuelven más una competencia entre padres que entre hijos: todos quieren que su hijo o hija sea quien más llame la atención para decir "ese es mi hijo" y ufanarse de "la buena crianza que le están dando". En otras palabras: los padres utilizan a sus hijos como una forma de levantar su alicaída autoestima y sentir que han logrado algo en su triste vida, sin importarles si los pequeños se sienten bien o no. Al final, lo que los niños quieren es, simplemente, divertirse, no necesariamente competir, y aún cuando compiten, no lo hacen con la malicia destructiva de los adultos.

Pude ver a varios niños que realizaban los dichosos juegos obligados por sus padres, estos los jaloneaban y gritaban para que armaran la torre de cubos más rápido que "su contrincante" y lo venzan o para que vayan a tal o cual juego y "demuestren lo buenos que son". Y si en algún juego no se admitía la presencia de ciertos niños por ser muy pequeños o no se les daba el mismo regalo que a otros niños mayores por no ser adecuados para su edad, quienes reclamaban como si les hubieran quitado el marido, como todas unas energúmenas, eran las madres. Un patético espectáculo que demostraba quiénes son las que necesitarían ir a terapia en lugar de los niños.


Este post surge como forma de catarsis e indignación pero también como una forma de remarcar las diferencias que deben ser respetadas en una sociedad que se ufana de defenderlas y hasta promoverlas, al menos entre los adultos y hasta cayendo en el ridículo. Es irónico que aquí a todo le quieren poner etiqueta: que si se viste así es metrosexual, que si se viste asá es lumbersexual. Que si le gusta el sexo mirando las mariposas del cielo aleteando entre la hierba, acaba de nacer la nueva comunidad de los maripocielohierbasexuales con todo y ONG. Pero no son capaces de darse cuenta de que las diferencias también existen entre los niños y que encasillarlos en "eres niño, te debe gustar esto porque si no, eres raro" o "tienes que ganar en tal juego porque si no serás un mediocre" es joderle la mente al chico no solo intentando imponerle categorías adultocéntricas que para él nada significan, sino también cortándole las alas y volviéndolo un títere que siempre tendrá que mirar al resto para saber qué hacer, y que una vez que sus padres se conviertan en polvo, se volverá esclavo de otros que tendrán que pensar por él. Un ser sin iniciativa, manipulable y muerto en vida.


Lo siento, estas cosas realmente me indignan.

Feliz Navidad.


Si Jesús hubiera tenido unos padres terrenales castrantes ¿se dan cuenta de lo que hubiera perdido la Humanidad? Felizmente, la Providencia, como siempre, supo escoger y le proveyó de lo mejor, con exquisito cuidado.

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