La primavera resuena.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Los lobos marinos de Ancón.

La tarde de ayer estuve nuevamente por Ancón, ese lugar-refugio invernal que descubrí hace algunos años de la manera más inesperada. En aquella lejana ocasión, llegué para conocer restos arqueológicos y terminé encontrando un lugar para aislarme del mundo, ver el mar e imaginar futuros más amigables.

Pero ya va llegando el verano, las playas vuelven a estar pobladas, el malecón vuelve a bullir de vida y hay que buscar nuevos lugares solitarios (que los hay), así que tomé un bote y me fuí a recorrer la bahía.



Las solitarias construcciones se adentran en el mar, como mudos fantasmas que nos recuerdan que, muchas veces, eso de que "la playa es de todos de acuerdo a ley" queda solo en letra muerta.






Pero más allá de las sucias y herrumbrosas construcciones y yates, ahora solo habitados por aves, surgen algunas playas que no han sido (todavía) del todo ocupadas. Llegar a ellas no es demasiado fácil y se accede bajando desde el cerro o rodeándolo por un delgado camino, lo que no es muy recomendable. El agua está bastante sucia, aunque según un pescador "es por las algas" (ay sí). Aún así, sigue en mi memoria la imagen de aquella vez que observé cómo una señora arrojaba un pañal sucio al mar, a vista y paciencia de todos los veraneantes. Y lo que contenía el pañal no eran algas.



Algunos pescadores sobre las peñas.



Cueva y sobre ella, una casa.

La "Cruz de Lancheros" y a su lado un ascensor, única forma de descender hacia la casa ubicada en la playa, alejada de miradas indiscretas.

Cangrejos para los cuales no existe la propiedad privada.



El "león mirando al mar".


Faro y restos arqueológicos en el cerro.

Lobo marino descansando.



En la lejanía, las Islas Pescadores.

Las aves tienen su barco propio.
Pero fue al regresar al muelle donde me encontré con la verdadera sorpresa que alegró mi tarde: dos lobos marinos habían llegado hasta donde, habitualmente, solo los pelícanos esperan los pescados que les puedan arrojar los vendedores. La gente les tomaba fotos, sin cuestionarse el por qué dos enormes pinnípedos tuvieron que acercarse hasta allí: el hambre. Así que compré una bolsa de pescados y se los fuí lanzando. A pesar de que los machos tienen que comer más de 15 kilos diarios, sé que en algo debió aliviar su fatigada tarde.


Al lado del enorme macho, mucho más pequeña, grácil, y más cercana al prototipo de la adorable foca que nos han vendido los dibujos animados, se encontraba una hembra. Las actitudes de ambos eran muy distintas. Toda la comida lanzada la recibía el macho, quien a ratos le lanzaba partes del pescado a la hembra, que prefería balancearse en el agua con los ojos cerrados. Parecía simplemente disfrutar el momento. Creo que fue la enseñanza que tuvieron esos hermosos seres para quienes los observábamos esa tarde: Sean libres.



Recibiendo la comida.

Balanceándose en el agua.


Y llegaron los pelícanos para competir por el alimento.









Mirar a los ojos a unos de estos reyes del mar es una experiencia que nunca olvidaré. Permanecieron en el muelle por buen rato. Llegué a las 3pm y hacía rato que estaban ahí. Me fuí a las 4pm y aún seguían, aunque ya un poco resignados al hecho de que no les lanzarían mucha más comida. Últimamente son muchos los casos de lobos marinos aparentemente extraviados en playas de la Costa Verde, el sur chico o Ancón. Creo, personalmente, que esto se debe a la falta de alimento producto de la pesca excesiva (no la artesanal, sino la de los grandes barcos chinos que el gobierno deja pasar "porque aquí amamos al extranjero") y la contaminación. Como decía un pescador artesanal: "No es un buen año para nuestra pesca, menos para ellos, ellos sufren más". Yo agregaría que si, por lo visto, más lobos marinos van a tener que acercarse a la costa para encontrar alimento, al menos debemos esperarlos con aguas limpias y no con la cloaca empozada que son buena parte de las aguas costeras que rodean a esa y otras zonas urbanas.

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